Mi mujer me lo contaba con cierto apuro y terror: el espanto que les producía la maestra de primarias al hablarles de los terribles terremotos que iban más pronto que tarde a acaecer en la isla y la tremenda detonación del Teide que sucedería. El pavor era el síntoma, me indicaba, terror que las acompañaba durante todo el día. Además, ello era la materia dilecta de las pesadillas en la noche. Porque esa soflama de la señora se repetía. Y se repetía porque sabía. Sabía que nos encontramos en un territorio volcánico, que en las fauces de esta tierra se mueve el magma (como ocurrió en La Palma no hace mucho tiempo, o como ocurre en el mar en ciertas etapas). Pues lo que asigna el fenómeno es que eso somos. Una montaña ingente que (como sabemos, porque nos hemos acercado a su cúspide) es un volcán no apagado, un volcán activo. De manera que es presumible que nuestro pico mítico, el pico de nieve permanente (dijeron los guanches) alguna vez se active. Lo que la maestra no señalaba es con qué consecuencias; pues lo tenía claro: iba a ser una descarga conclusiva. ¿Arrasaría a la isla? A esa conclusión llegaban aquellas chicas en las clases de su infancia.
Lo anunció la prensa (DIARIO DE AVISOS) en un día de la semana: entre las islas de Gran Canaria y Tenerife se han registrado unos diez pequeños terremotos. El índice no es preocupante: 1,4 y 2,0 mbl.g. Lo que sí pone a pensar a los expertos es otro índice, que resulta proverbial para el caso: las profundidades variables. O lo que lo que es lo mismo, el magma dicho se mueve. El asunto a considerar es las consecuencias notificadas, si en efecto entre estas dos islas del Archipiélago se prepara una nueva descarga ígnea desde las profundidades. ¿Dónde?, se preguntan. No se sabe, mas sobre este territorio vivimos. ¿Cómo ajustar los remedios? Atinando a aceptar y a, incluso, explotar lo que nos ha hecho en este mundo. Somos esta entidad en el medio del océano Atlántico. Somos África sin aceptar ser África. Y nos encontramos aquí por el prodigio que la lava ha formado. A pocos kilómetros del desierto del Sáhara Canarias muestra la maravilla, el prodigioso paraíso.
Entonces, es cierto que el volcán de Cumbre Vieja o Cabezavaca en La Palma devastó. Sin embargo, lo que se presentó ante los ojos del mundo, de los especialistas y de los espectadores, fue la esplendidez que nos contiene, lo que nos ha moldeado durante más de veinte millones de años, y que esos nuevos episodios nos vuelven a retraer hacia el ser. Luego, ¿turbación, miedo, alarma? No creo que esas sean las palabras con la que tengamos que lidiar cuando los pequeños terremotos u otros más grandes nos recuerden. Vale la constatación de lo que la historia natural ha instituido, esa con la que tenemos que lidiar y regocijar.

