tribuna

Volverán las oscuras golondrinas

Hay desolación en el electorado progresista. Algunos dicen que la actual composición del Parlamento no permite la acción transformadora que se le exige a un gobierno de izquierdas. No creo que la totalidad de los votantes se plantee estas cuestiones; más bien pertenecen a una minoría de ciudadanos comprometidos ideológicamente. A la mayoría no le preocupan estos asuntos: unos se arriman a las modas y otros a fingir una posición pseudointelectual que se le supone a lo que se entiende como más avanzado. En este paquete se pueden incluir preferencias artísticas y algunos arrumbamientos a vanguardias que no se terminan de comprender. Siempre tienes más oportunidad de demostrar tu imbecilidad si votas a la derecha. El asunto es decepcionante cuando descubres que todo está montado sobre una mentira en la que llevamos patinando arriesgadamente desde hace siete años. La realidad es que se llama gobierno progresista al que no lo es, a menos que consideremos a Junts y al PNV como adalides de las ideologías más comprometidas con el progreso. Esta realidad es la que ha ido calando poco a poco hasta que ya se hace insoportable. La tan deseada acción transformadora reclamada por la sociedad no obedece a un deseo unánime. Ese sueño minoritario puede actuar como una locomotora que tira por todo lo demás, pero no es así porque su implantación se pretende llevar a cabo con fórceps y, lo que es peor, dividiendo a la población en bloques irreconciliables, con lo que se corre el riesgo de convertir a una transformación democrática en una revolución. La situación actual es de deterioro en aumento versus resistencia, como el enfermo terminal que ya no responde a los medicamentos y sobrevive gracias a paliativos psicotrópicos que le hagan más soportable la agonía. Ignacio Urquizu escribe hoy en El País sobre lo que habla con amigos votantes progresistas y muestra su decepción ante la ausencia de esa acción transformadora que hoy se echa de menos, seguramente debido a que sus excesos no han sido aceptados globalmente. Entonces se acusa de negacionistas y terraplanistas a los que no piensan igual, a pesar de que estos se incluyen en una gran masa que engorda día a día. El progresismo debería preguntarse estas cosas. Quizá sería conveniente reparar en que la frase la necesidad hace virtud habría que cambiarla por el oportunismo es virtuoso. Si hacemos un repaso de lo ocurrido desde el 2018, y en el PSOE desde 2014, podríamos entender lo que ha ocurrido: una operación de pillos que ha embaucado a la mayoría ingenua de un partido, abriéndolo en canal, como dicen algunos, y que, con el tiempo, no ha hecho otra cosa que incubar desasosiego y desencanto. Esto es lo que está creciendo a pasos agigantados mientras el presidente intenta calmar a su ejecutiva diciendo que los votantes volverán en las generales, como las oscuras golondrinas de Bécquer. Tiene que hacer muchas rectificaciones para que esto suceda, y, por lo que se ve, no está dispuesto a hacerlas. Muchos piensan que ya es tarde.

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