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Amores adolescentes

Me enamoré de una jovencita, siendo yo adolescente, que conocí en una guagua. A partir de ese momento, siempre tomé el autobús que cubría el trayecto Puerto-Orotava, por el Botánico. Fue un amor tan grande que nunca existió. Los amores sin amor de verdad son mucho más sinceros, limpios y duraderos -a la vista está- que los reales. Ella lo sabe, yo lo sé. Es suficiente. No tuve demasiada suerte porque le perdí la pista, ahora será abuela o quizá nada. Enamorarse es un problema siempre, a causa del estado de tontura que provocan esos afectos; se sufre más que se disfruta. Y más uno, que ha abusado de la imaginación durante toda su vida. Los amores juveniles marcan, dejan huella, de esto también puedo dar fe. Todavía saludo a alguna por la calle y consigo agolpar los recuerdos de una época en la que todo era mucho más bonito, seguramente porque también éramos menos. Trasmitir esos sentimientos, hacerlos públicos, transgrede el pudor seguramente, pero es lícito hacerlo como desahogo, sin dar demasiadas pistas de lo que uno traslada al papel y al firmamento de las redes. Los amores juveniles resultan imborrables, uno los recuerda en determinados momentos y los valora y los sublima y los disfruta en el tiempo. Quizá sean estos recuerdos un presagio de la propia y paulatina extinción, pero eso tampoco lo sé. Nadie lo sabe. Una chica y una guagua, docenas de trayectos inútiles para encontrarla y luego nada. Pasa la vida, se hacen laberintos todos los caminos y de aquello queda una especie de película en blanco y negro que ni siquiera se puede proyectar más allá del recóndito lugar de la mente donde se guardan los recuerdos bonitos. Es como un cine chiquitito cuyos carbones uno enciende, en la soledad del presente, sin créditos, sin argumento, sin nada y con la palabra “fin” cuando se baja el telón.

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