Ayer, día 7 de enero, empezó 2026. Empezó, unos días atrás, con mi anunciada “extracción” en Venezuela y nadie sabe si va a haber más. Ahora, la aguja del reloj se dirige a Groenlandia, una isla ártica que pertenece a Dinamarca, con un estatuto especial que la hace de todo menos independiente. Para conocer el asunto de Groenlandia es preciso ver la serie Borgen, en Netflix, protagonizada por Sidse Babett, Birgitte Hjort y Pilou Asbaek y por varios actores más y emitida originalmente en Danmarks Radio. La serie es muy buena y engancha y en su última parte se ocupa del problema groenlandés. Trump no quiere sino petróleo y en Groenlandia hay mucho. También existe una base aérea norteamericana, la de Thule, que ahora se llama de distinta manera. Groenlandia tiene una extensión cuatro veces mayor que la de España y estatus de nación constituyente del Reino de Dinamarca. Sólo viven en la isla unas 55.000 personas. No tiene entidad para ser nación, lo mismo que La Graciosa tampoco la tiene para ser isla, y me refiero a su estatus y a su organización política. Pero a La Graciosa, islote insignificante, la necesitaban los canariones para decir “somos ocho” en el villancico de Benito Cabrera y a Groenlandia la necesita Trump para mamarse su petróleo y mantener sus bases más cerca de Rusia. Estén ustedes atentos porque a Trump no le interesa ni destruir el fentanilo colombiano, ni tampoco apropiarse de las ruinas que han dejado los comunistas en Cuba; a Trump, que es una mala bestia, lo que le mola es el petróleo de Groenlandia. Y la ve muy sola. Les invito a seguir la serie Borgen, que es el nombre popular que se le da a la sede del Gobierno danés. Dinamarca es un país civilizado, europeo y miembro de la OTAN, por cierto. Lo digo por si ustedes no se acordaban. Y eso.
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