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El espejo del Teide

En la tarde del martes, el Teide había cambiado su capa blanca por un enorme espejo de hielo. Al menos esta era la sensación, visto el monte desde El Sauzal, camino del Norte. Las mil caras del Teide son peculiares en el comportamiento estético del volcán, que cada segundo cambia de aspecto. El Teide es termómetro del tiempo y su sombrero presagia vientos, mientras que determinados gritos de origen desconocido auguran cambios climáticos. Tiene mucho de espectral la transformación permanente de la enorme montaña que nos preside. De noche, visitar el Teide me parece triste; e impone. Yo antes subía mucho de madrugada. Los conejos saltaban en la carretera a mi paso y mis estancias allá arriba, siempre en compañía, se celebraban con Moët Chandon. Era cuando atábamos los perros con longaniza, porque ya no puedo comprar botellas a destajo como en los tiempos pasados, ni tengo ánimos para subir, ni tampoco me convienen las alturas. Todo tiene su tiempo. Ha dicho un sicólogo al que entrevisté para el lunes, Roberto García, que en la vida es preciso detenerse, quizá para pensar; que hay que habitar el tiempo sin devorarlo. Estoy de acuerdo: es terrible vivir todo el día con prisas, eso no hay quien lo aguante. El martes, el Teide recobró su deseo de que la isla se mirara en él, convertido en un enorme espejo de hielo que imponía más de lo habitual. La Naturaleza nos avisa y reflejarnos en ella puede tener, incluso, un efecto de examen de conciencia. Yo veo tristeza en el ambiente, tristeza ferroviaria y tristeza en general, tristeza colectiva, tristeza de país, tristeza de hartazgo, tristeza de aburrimiento, tristeza intelectual. Ojalá se quede en una tristeza pasajera. Ya lo alertó Alfonso García-Ramos: tristeza sobre un caballo blanco, esta vez convertido en un caballo de hielo. Y eso.