tribuna

El gatopardismo venezolano

Lo que más le fastidió a Trump de Maduro fue verlo parodiando sus bailes grotescos, justo antes de tomar la decisión de secuestrarlo. “Se subía ahí arriba intentando imitar cómo bailo”, se quejaba el republicano, y en su entorno admiten que la mofa del venezolano lo había sacado de quicio.

Entre los cargos que enfrenta el chavista ante el juez de Nueva York no figura el de ser jefe del temible cártel de los Soles, origen de su persecución. Era una acusación falsa, admiten sus captores. Una estratagema, que recuerda a la de Bush frente a Sadam en la invasión de Irak en 2003: las inexistentes armas de destrucción masiva.

Hay otra innegable reacción emocional en el hombre que se dice más poderoso del planeta. A la aceptación del Nobel de la Paz debe María Corina Machado que haya sido degradada por Trump. Siendo cierto que la chavista Delcy Rodríguez le garantiza la estabilidad del país intervenido, el republicano se esmeró en menospreciar a la opositora con el baldón de que “no tiene el apoyo ni el respeto” dentro de su país. Si hubiera rechazado el Nobel que Trump considera que ella le arrebató -así funciona esa cabeza-, otro gallo le cantaría.

En cuanto la dirigente antichavista jugó con las cartas del magnate y le ofreció públicamente el Nobel, como si fuera posible esa transacción, Trump puso fecha para recibirla esta próxima semana en la Casa Blanca, eso sí, confiando en que le entregue la presea. Aceptará el Nobel de sus manos, como desagravio por la injusticia de Oslo con él, aunque el Comité Noruego ya ha aclarado que no es transferible. Pero a Trump se la refanfinfla recibirlo por la puerta de atrás. Tendría dos: el esperpéntico de la FIFA y el de Corina, que se humilla dos veces.

Venezuela iba camino de pertenecer a los BRICS (el 50% de la población mundial y el 37% del PIB, por encima del G7 occidental), que, a causa del veto de Lula tras las últimas elecciones, se había pospuesto. EE.UU. temió que Maduro se saliera con la suya y entrara en el club de China, Rusia, India, Sudáfrica y Brasil, entre otras naciones del Sur Global. Ahora, Trump piensa en Venezuela, con permiso de Groenlandia, como el Estado número 51 de EE.UU. y reunió a las petroleras yanquis y un selecto cupo de extranjeras, entre ellas Repsol, porque “tenemos mucho petróleo que perforar”. Petrocracia en lugar de democracia.

EE.UU. no está fuera del marco de este cuadro de histeria, que contempla la toma militar de Groenlandia y amenaza a México, Canadá y Colombia -un caso en stand bay tras el flirteo telefónico de los dos presidentes-. Su país, que gobierna o desgobierna sin atisbos de mayor cordura, vuelve a temer una guerra civil, tras matar esta semana un agente del ICE a una mujer que no se detuvo, disparándole a bocajarro al volante de su coche, en Minneapolis, la ciudad que ya explotó de ira cuando un policía asesinó al afroamericano George Floyd.

Mi madre, Zaida, hubiera dicho que el mundo está en manos de un loquinario. Ella usaba esa palabra, no decía loco, sino loquinario, referido a las personas verdaderamente peligrosas. El Senado le ha prohibido nuevos ataques. Pero Trump es un hombre sin ley.

Si Groenlandia, que es cincuenta veces más grande que Dinamarca, el Estado al que pertenece desde hace dos siglos, es abducida por EE.UU., sería el harakiri de la OTAN; Rutte, el secretario general, dimitiría por inanición, y en Europa sonarían todas las alarmas. Trump acaso bombardee Pituffik, la única base militar de la isla, en su afán cinematográfico. Como esa base es suya, se dispararía un tiro en el Pituffik.

Francia habla de un plan de respuesta en caso de que caiga Groenlandia. Francia es una potencia nuclear, ¿de qué estamos hablando?

En España, Sánchez reaparece en las lides internacionales, redimido de la apostasía contra Trump, para disgusto de Feijóo, que, además, ha de soportar que los presos liberados en Venezuela -entre ellos, un canario- se deban a los buenos oficios de Zapatero, Lula y Catar.

Sin duda, ha sido la mejor noticia del tiberio del 3E, una operación relámpago homenaje a Lampedusa. En la novela El gatopardo, el autor italiano pone en boca del personaje Tancredi una frase inmovilista por excelencia que ilustra el caso venezolano: “Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie”. Trump, sin saberlo, se ha marcado un gatopardismo de marca mayor.

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