tribuna

El Nobel de la Paz al señor de la guerra

Como si alguien muy poderoso hubiera dado rienda suelta al dislate -y así ha sido-, de pronto ocurren las cosas menos juiciosas que podíamos imaginar. El bochorno de María Corina Machado, erigiéndose, ya no en premiada, sino en jurado del Nobel de la Paz, y concediéndoselo ex aequo a Trump, el señor de la guerra, entra en esa categoría febril del disloque, que en la España de los 60 y 70 inspiró el Celtiberia Show de Luis Carandell.
La bola de nieve de este estupidiario, que adquiere cada vez mayores proporciones, abarca ya lo geopolítico desde un burdo y soez ámbito de bulos inverosímiles que se había normalizado, y el fenómeno, el desatino colosal, se lo han perdido, por razones biológicas, el citado Carandell y el uruguayo Eduardo Galeano, que decía que vivíamos en un mundo al revés. (Conviene releer toda su obra de faro insurgente, en total 45 libros, ahora que vamos proa al marisco.)


A ver, ¿en qué cabeza cabe? Lo grotesco, lo estrambótico de esta salida de pata de banco de Corina, llevando el coroto del Nobel fraudulento a la Casa Blanca, como si en nombre de Bolívar le tocara honrar al heredero de Washington por la medalla que le obsequiara Lafayette, es cómo la trataron después de prosternarse a los pies del emperador. Y luego está la más gruesa de todas las mentiras: no es verdad que, a cambio, Trump se haya comprometido a devolver la libertad a Venezuela en las urnas. Es una suposición maquinal de Corina. 27 veces mencionó Trump la palabra petróleo al anunciar al mundo el secuestro de Maduro y ni una sola vez la palabra democracia.


En el ADN de la primera potencia, respecto a su patio trasero, no solo con Trump, entiéndase bien, de toda la vida, se prefieren dictaduras obsecuentes. Trump anhela un proceso involutivo en su propio país, lo está proclamando con derramamiento de sangre, como en Minneapolis. No es un exportador de libertades, ni hacia América ni hacia Europa, donde avisa que pondrá todos los huevos en la misma cesta: la ultraderecha. No, no tiene un proyecto democratizador para Venezuela, mal que nos pese.


Una democracia soberana -no entreguista como la que ya predica Corina Machado- podría volvérsele en contra al yanqui, negarle el petróleo y el vasallaje. No va a exponerse a una renacionalización del crudo en plena democracia como en los años 70.


Corina Machado entró en la Casa Blanca por una puerta de servicio, un acceso lateral. Y no fue exhibida ante la prensa en el Despacho Oval como es costumbre. La portavoz, Karoline Leavitt, cruelmente, reafirmaba a los periodistas -mientras Corina departía a escondidas con el presidente- que la apuesta seguía siendo la chavista Delcy Rodríguez, una “mujer fantástica”, según palabras de Trump en la víspera. ¿Era necesario regodearse con tanto ensañamiento? El desengaño de Corina es humanamente comprensible. Rebajarse a tal extremo es lo que lo agrava.


La medalla chapada en oro de 6,6 centímetros de diámetro y 196 gramos de peso no era un deseo minúsculo, sino imposible, de Trump cuando le cayó del cielo. Un narcisista patológico como él cogió en sus manos el Nobel ajeno, crecido con la demostración de conseguir todo lo que se propone y hasta lo que no se propone. Corina se lo ofreció cuando ya no lo pedía. En una ‘reventa’ por despecho.


Una vez con el trofeo en su poder, dio por terminada la visita invisible. Si Marco Rubio merodeaba por allí, nada impide imaginarlos partiéndose de risa, como cuando le preguntaron en televisión para cuándo elecciones en Venezuela, y el secretario de Estado casi suelta una carcajada.


En Noruega, sede del premio, este episodio ha causado indignación, pues habían advertido de que el Nobel era intransferible. Antes, otro galardonado subastó la presea por 100 millones de dólares para los refugiados de la guerra de Ucrania. A Corina le hubiera salido más rentable compartir -no dedicar- el Nobel de la Paz con el pueblo venezolano y con su compañero Edmundo González, exiliado en Madrid, el candidato de julio de 2024 al que se atribuye la victoria electoral. Tampoco le beneficia no haber lamentado, ni ante Trump ni ante el papa, las víctimas mortales del asalto a su país. Ha tenido poco tacto con el Gobierno de España, destino de acogida del exilio de líderes y de compatriotas de a pie, como si los españoles hubiéramos sido desagradecidos con México, que dio cobijo a los republicados en la guerra civil.


Como colofón, convocó a los periodistas, el viernes, en la sede en Washington de la ultraconservadora Fundación Heritage, santo y seña de toda la cruzada trumpista en contra de los pilares de la democracia liberal y a favor de las deportaciones de venezolanos a Maiquetía. Por si había dudas.