Con el Tratado de Tordesillas (7 de junio de 1494) España y Portugal se dividieron el continente americano y los territorios que se descubriesen en los viajes oceánicos. Con los años se sumaron al reparto Gran Bretaña y Francia, diseñándose las bases de un orden internacional sin menoscabo de que se produjeran contiendas, como la que, por ejemplo, enfrentó a la Armada Española, comandada por Luis de Córdova, con la Royal Navy en 1780. La victoria, con el apoyo de diez navíos franceses, fue roja y gualda, confiscándose 52 buques junto a ochenta mil fusiles, 294 cañones y ropa para vestir a doce regimientos.
La derrota británica, apunta el historiador Rafael Torres, fue el golpe de gracia para que la Guerra de la Independencia de Estados Unidos se decantase del lado de las trece colonias rebeldes. El 3 de septiembre de 1783 se firmaba el Tratado de París y se reconocía formalmente a Estados Unidos pese a que el 4 de julio de 1776 ya se hubiera proclamado en Filadelfia la Declaración de Independencia. El Gigante del Norte comenzaba su andadura sobre el planeta Tierra erigiéndose, con el tiempo, en la primera potencia económica y militar. España, por su parte, con la bancarrota de 1793, entraba en declive perdiendo el protagonismo y la importancia que mantenía desde el siglo XVI. Doscientos años más tarde la indolencia hispana continúa vigente. Solo Rosalía pone lux en la mediocridad de un país cada vez más puñetero e invertebrado.
A golpe de revólver y winchester el sueño americano se hizo grande. La conquista del Salvaje Oeste, a caballo y en ferrocarril, se llevó por delante a la población indígena y a quienes, como Liberty Valance (John Ford, 1962) imponían la violencia a las leyes. La nueva civilización no reparó, incluso, en disparar contra sí misma para combatir la esclavitud. Nada ni nadie frenó al imperialismo de las barras y las estrellas, asentando el aserto de la Doctrina Monroe (1823): “América para los americanos”. Tras la compra de Luisiana a Francia en 1803 y de Alaska a Rusia en 1867, el interés por Groenlandia se hizo patente en 1947 después de que en 1940 la ocupase para defenderse del ejército nazi, invasor de la metrópoli. Al término de la II Guerra Mundial la Isla fuedevuelta a Dinamarca por el presidente Truman, aunque el interés por anexionarla permaneció inalterable. Su valor estratégico en el Atlántico Norte y Ártico era y continúa siendo incuestionable. Por eso, no es casual que Donald Trump volviese a las andadas en 2019 y ahora, en su segundo mandato, con más firmeza que nunca.
La Doctrina Donroe (rebautizada así por el actual presidente yanqui) se manifiesta como el principio que legitima la presencia estadounidense no solo en América Latina sino también en el patio gélido que linda al noreste. El implacable sheriff Trump protagoniza el wéstern Appaloosa(Ed Harris, 2008). El bienestar propio justifica el uso de la violencia, de balas endiabladas entre ceja y ceja. Y chitón. Iluso Maduro ylos petroleros fantasmas que surcan el Caribe. Aquí no se libra ni el tato. Y el resto del Orbe que se lo repartan Rusia y China. No parece buena idea dormir estos días en Taiwán.
La decrépita Unión Europea continuará, mientras, sumida en sus polarizadas disquisiciones existencialistas. La joven Thumberg, la flotilla de Colau, la supervisión de nubes bolivarianas de Rodríguez Zapatero o el teatro del absurdo de Macron son tendencia. O naufragio.
Las bravuconadas gringas, no obstante, no apuntan a que la Delta Force entre en Groenlandia o a una hipotética compra con oferta desorbitada. El líder oxigenado, más bien, con el apoyo siempre del Reino Unido, no dinamitará la Alianza Atlántica, demasiado valiosa para sus intereses geopolíticos. Todo apunta, en cambio, a que forzará contar con una posición privilegiada en la Isla. El Viejo Continente y el Mundo, pese a todo, saldrán ganando.
Llueve sobre mojado.

