La euforia y la furia de Trump se mezclan de un modo desaforado con riesgo de un estallido social. Un hombre resultó muerto ayer a tiros por la policía en Minneapolis, la ciudad donde antes fue asesinada una mujer y donde un niño ecuatoriano de cinco años fue detenido esta semana.
El presidente que gobierna a golpe de sobresaltos desde hace un año venía dando muestras de un grado de excitación anormal y amoral, con constantes irrupciones en las redes sociales a base de montajes de inteligencia artificial, cartas desbocadas a dirigentes extranjeros y hasta la revelación de wasaps privados, con indicios de incontinencia y pérdida de sentido de la realidad.
Dentro de esa espiral de desatinos, con las encuestas por los suelos, viajó a Davos (Suiza) en busca de oxígeno para sus demenciales planes sobre Groenlandia contra Europa, que esta vez amenazó con represalias. Trump parecía haber entrado en un callejón sin salida. Las bolsas le cayeron encima y, a mitad de semana, urdió una salida a la desesperada, con ayuda de su amigo instrumental Rutte, el jefe de la OTAN. Tras un encuentro, renunció al uso de la fuerza sobre la isla ártica y retiró su amago de aranceles contra los países europeos que defendieron el territorio. Todo eso, bajo el mazazo de un menor detenido por sus fuerzas paramilitares y antes del tiroteo que ayer sumó un nuevo muerto.
Una pregunta cobra cuerpo en las últimas horas. ¿Es solo Trump o Europa la que corre peligro de volverse loca si no repara en todos estos hechos? En Davos alguien puso el dedo en la llaga.
El arresto del niño Liam -lo pinten como lo pinten el vicepresidente JD Vance y el Departamento de Seguridad Nacional- y su padre, ambos ecuatorianos solicitantes de asilo, estremece al país desde que esta semana los agentes paramilitares del infame Servicio de Inmigración (ICE) dieron esa vuelta de tuerca. Las manifestaciones de Minneapolis y otras capitales, el cierre de comercios y colegios, abundan en las protestas por el anterior asesinato de Renee Good, la poeta de 37 años en la misma ciudad y por las mismas causas.
Es la foto de Liam la que persigue a Trump en sus horas más bajas: el niño triste de cinco años con una chaqueta a cuadros y una gorra de lana azul, que porta una mochila de Spiderman, siendo conducido por su captor a una furgoneta negra. Es la foto vejatoria que lastra aún más la imagen del presidente de los EE.UU. probablemente más repudiado en todo el mundo en la historia, salvo entre adeptos y afines. No es el único niño capturado estos días en las razias espartanas del ICE en ese campo de batalla del primer país occidental.
Trump se movía como un pájaro loco entre continentes con todos los calderos al fuego, bajo las deportaciones denigratorias y una delirante guerra con Europa. En Davos se topó con un discurso del que puso el dedo en la llaga, Mark Carney, el primer ministro de Canadá. Como si intuyera un cambio de narrativa en la atmósfera política, rompió el paso con una cita de Václav Havel, el viejo conocido de Lanzarote, el presidente checo y dramaturgo, disidente del Este, que solía venir a la Mareta a reponer sus pulmones malheridos, hasta su muerte.
No un político izquierdista, sino de centro, un general de las finanzas con enorme prestigio por su audacia en la Gran Recesión al frente del Banco de Canadá, recordó el ensayo del escritor checo titulado El poder de los sin poder, donde alude a un tendero que colgaba todos los días, en un país comunista, un cartel que decía: Proletarios de todo el mundo, uníos. El verdulero no creía en el eslogan, pero lo mostraba entre cebollas y zanahorias y se ahorraba problemas con el régimen. Prefería vivir en la mentira. En su potente discurso churchilliano, Carney sostuvo con Havel que los sumisos no amansan a las fieras, y sentenció que estamos ante la “ruptura del orden mundial”.
Horas antes de que Groenlandia ya no corriera peligro, propuso una suerte de rebelión de potencias medianas como Canadá y Europa, que, unidas, planten cara a superpotencias abusivas que ignoran las reglas del juego. Contó que su país ya recalibra las alianzas con socios como China o la India y tantos otros para zafarse del vecino imperial que ambiciona anexionar su país. Aún no habían secuestrado al pequeño Liam, ni cobrada otra vida a balazos.
La de Carney es una voz que desentona en el coro mundial de lameculos, como el niño que en el cuento de Andersen grita que el rey está desnudo. Ucrania reintenta una paz cogida con alfileres y Bruselas vuelve, tras una candorosa cumbre, al redil de un hombre que “cada vez que mea piensa”. Europa sigue, por tanto, con el cartel del verdulero en el escaparate.
