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El síndrome de la cabaña

Un amigo que reniega de mí porque ya no acudo a muchas comidas, ni me reúno con la peña, ni apenas salgo de casa, lo ha sentenciado: “Tú sufres lo que llaman el síndrome de la cabaña”. Me aclara que el mío encaja en la modalidad del sublime aburrimiento, no la versión opuesta, que se refiere a la necesidad de echarse a la calle, aunque sea en medio de un temporal. Mi dolencia es la más cercana a la claustrofobia, que induce al paciente a permanecer atrapado entre cuatro paredes. Bueno, qué le voy a hacer. A mí el covid, la obligada reclusión de hace seis años, me viene matando poco a poco. En mi casa me siento cómodo porque tengo a mano el ordenata, la tele y el retrete, que son tres accesorios indispensables para una persona de mi provecta edad. Estoy informado y puedo aliviarme sin apuros ni carreras. Y también la cama, porque cuando me duele la cintura, el alma o un brazo, puedo acostarme y taparme hasta el cogote con el edredón, prenda de abrigo nocturna que parece ser que inventaron los suecos. Al menos el edredón sueco es el más mullido y confortable y el que mejor protección contra el frío aporta. Y en la madrugada del domingo al lunes, la sensación térmica en el Puerto de la Cruz era de 11 grados centígrados. No recuerdo temperatura semejante, con una humedad alta y un frío que traspasaba incluso el edredón sueco para alojarse en mis huesos. Por eso ya no viajo, para no tener que repetir mi experiencia de Roma, donde estuve a punto de dejar un rastro desde el hotel Majestic, en Via Veneto, hasta la Fontana de Trevi. Menos mal que, en medio, encontré una oportuna cafetería, donde a cambio de un capuchino y una galleta Oreo me dejaron la llave del WC.

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