A algunos se les ve tristes por el archivo de la denuncia de dos mujeres contra Julio Iglesias, por parte de la Fiscalía de la Audiencia Nacional. Aunque haya sido por el tecnicismo de “falta de competencia”, yo me alegro (tengo derecho a ello sin que me engrilleten, ¿no?), porque la denuncia tenía un terrible olor a rancio. Me alegro de la decisión de los defensores públicos, no por otra cosa que por la matraca, la reiteración informativa, la pretendida novedad sin sustancia periodística, cuyo papeleo inicial va a ser sepultado en el baúl de los recuerdos. La noticia olía a rancio y a chamusquina. Pero el daño está hecho: cientos de horas de televisión en España (muy poquito fuera), en unos programas decadentes y absurdos que sólo buscan dañar a un inocente, porque todo el mundo lo es mientras no se demuestre lo contrario. En España te engrilletan por una mera denuncia, aunque sea falsa, y después te sueltan al día siguiente. Te esposan y te encierran por una denuncia, lo cual significa la negación del Estado de Derecho. Pero, ya vale: Julio Iglesias, que había contratado a uno de los mejores y más caros abogados de España -José Antonio Choclán- puede seguir cantando a la vida y al amor, aunque sea por falta de competencia de un tribunal español. Les aseguro que la denuncia no va a prosperar en la República Dominicana, si es que la presentan allí las supuestas afectadas por el presunto comportamiento del cantante, que siempre proclamó su inocencia. No hay angelitos, nadie lo es, todo el mundo tiene un cadáver en el armario, pero a mí la cosa me pareció chunga desde el principio. O sea, que me alegro por uno de los grandes embajadores españoles en el mundo.
