La vida, esta línea del tiempo que dibujamos para trazar nuestra existencia, está compuesta de aquellas pequeñas cosas (muy pequeñas) que hacemos diariamente. Me refiero a cosas cotidianas que, como piezas de un puzle cuya imagen final desconocemos, vamos escogiendo y encajando, de forma que todo tenga un dibujo y un sentido. En muchas ocasiones, nunca sabremos cuál será el resultado final ni el significado de lo que, con tanto esmero, hemos construido. Y no lo sabremos porque en el fondo no es necesario, porque la importancia radica en el hacer, en desgranar el tiempo poco a poco hasta morderlo, en sentir que ahora estoy aquí y contigo. De otro modo, obsesionarse con el resultado nos aleja del presente y de lo que es real, nos enfanga en el vacío, en las inercias inútiles, en la lluvia sin fin, en el devenir de piezas sin rumbo que nada significan.
A veces, este juego de construir la vida no resulta sencillo. De hecho, puede incluso generar decepción y sensación de fracaso, en parte, porque en la infancia imaginaste luces de colores, magia potagia, fuegos artificiales y un sinfín de hechos de esos extraordinarios. Lo seguiste pensando también a los quince y, tal vez, aunque con mucha menos certeza, a los treinta, hasta que un día caíste en la cuenta de que lo excepcional radica en la manera en que descartas una pieza para elegir otra, en la forma en la que gastas el tiempo dudando si es mejor esta o aquella, y en que, cuando logras decidirte, la pieza no encaja y hay que empezar de nuevo, y la tarde se hace corta, y el trabajo, y esta manía estúpida pero necesaria de perder el tiempo. Así que eso de “que la vida iba en serio, lo empezaste a comprender más tarde1”, cuando la línea del tiempo comenzó a caer del otro lado.
Este descubrimiento no es agradable, de hecho, puede producir angustia y suscitar todas las preguntas filosóficas, como eso de que la vida es sueño y los sueños, sueños son. Sin embargo, y, cuando los treinta ya son cuarenta o incluso más, resulta una verdadera fortuna ser conscientes de este hecho, de esta cosa que es la vida, puzle infinito en el que aprendemos que perder también es ganar, porque en la pérdida radica a veces el disfrute de lo simple, de esas pequeñas (muy pequeñas) cosas cotidianas.
Perder es detenerse a observar, escuchar más allá de tu cuerpo, tocar el frío del aire y el calor de la tierra. Perder es gritar el campo y el sol, silbar los afectos y esculpir las mañanas como si fueran urgentes. Por eso yo prefiero ir pieza a pieza, perder el tiempo todo en saborear las meriendas y las cenas, en pasear barrancos, en transformar el paisaje en amigos, en hablar del viento que sopla en el cuadro, en beber todo el vino hasta que no haya más y no importe porque, si no queda, ya vendrá el futuro, si viene.
Qué maravilla esta pérdida de tiempo, este dejarse ir en las pequeñas cosas, tan breves y tan imprescindibles. Qué maravilla porque, de repente, un día, el azar te señala y agita la mesa donde reposa el puzle infinito y, a pesar de que reaccionas y agarras las piezas, no hay tiempo, solo un ruido, un frenazo terrible, una luz que se apaga y un grito sin cuadros ni paisajes. Entonces, cae la vida, el futuro que creaste con la precisión de un relojero, la ilusión, el tiempo por venir que nunca vendrá y que solo hace plof y, después, no hay nada, una lluvia sin fin, el devenir de piezas sin rumbo que nada significan.
La vida es del azar y el azar es casual, caprichoso, es un viento que va y viene, un accidente. La vida es del azar igual que la suerte es de aquel que logra recoger las piezas olvidadas en el suelo, sin saber de qué es el puzle, pero seguro que es bonito, lo dicen los colores y la curiosidad por descubrir lo que en él se esconde, por perder el tiempo en dibujar la ilusión y la magia, todo la maravilla que existe en las cosas cotidianas.
*Parafraseando el poema de Jaime Gil de Biedma “Que la vida iba en serio”
