Mi sobrino Marcel Hack, que este año será médico y capitán del Ejército alemán, ha compuesto mi canción del Carnaval, al alimón con la IA. Hay quien dice que lo que ha hecho el autor es inventar la biografía musical de uno, aunque existen precedentes: acuérdense de aquel Pancho López, chiquito pero matón. Marcel ha acudido a la garufa, a mis frases favoritas y a algunas ocurrencias que he lanzado por todas las esquinas a lo largo de mi azarosa vida de pelandrún. Lo cierto es que le ha salido una salsa primorosa, con orquestación adecuada y una letra atrevida, que hasta pone al personal mirando para Cuenca. He sido muy pelotudo a lo largo de los tiempos, pero creo que merezco esa canción, que consigue una síntesis de mis tradicionales desvaríos. Pero no me atrevo a subirla a la internet porque uno conserva un cierto pudor. La he escuchado en bucle toda la tarde del lunes, con lo cual los vecinos estarán hasta los cojones de Columnas y conejos, que así se titula la canción. Desde luego, yo sé que si la pongo en un altavoz en la plaza de la Candelaria, la tarde del Carnaval de día, se convierte en un hit. Quién vería a las señoritas de dudosa reputación del Casino de los Caballeros -que decía el profesor Hernández-Rubio- si escucharan el ritmo caribeño que alude al pelo capitán y a la alegría del poblamiento púbico y hasta a los muslitos de la vidente Anne Germain. En fin, que me he sentido protagonista gracias a Marcel, que en vez de internista debería ser compositor, pues hasta se ha acordado de un personaje miserable al que le cuesta rascarse el bolsillo, al modo de Ebenazer Scrooge. La canción no tiene desperdicio y hasta mi Mini tiene su espacio de ternura, con sus tres patitas y su mirada implorante de manjares de cinco estrellas.
