Nueva York, no recuerdo el año. Hotel Ramada, Octava Avenida. Me registré en el hotel, le dejé la maleta al mozo y subí a mi habitación. Media hora después me di cuenta de que mi bolso de mano con el dinero, mis tarjetas y el pasaporte se había quedado en el suelo de la recepción del hotel. El mozo llegó con la maleta y yo no tenía ni para la propina. Bajé como un loco en el ascensor, corrí a la recepción del hotel y el bolso se encontraba allí, donde lo había dejado. No me lo podía creer, era Nueva York, era la recepción de un hotel lleno de gente y nadie había tocado mis cosas. Abrí la pequeña bolsa con ansiedad y todo estaba dentro: el dinero, el pasaporte y una muda de ropa que siempre llevo en mi equipaje de mano cuando voy lejos, por si me pierden la maleta. Caracas, otro día cualquiera. Avión DC-10 de Santa Bárbara. Yo viajaba en preferente. Llevaba dos bultos de mano (nunca facturaba cuando iba a Latinoamérica, por miedo). Retiré mi pequeña maleta de cabina y dejé la bolsa de mano en el mismo compartimento superior, olvidada. ¡Era Caracas! En el edificio terminal me esperaba mi amigo Paco González Yanes, dueño de la compañía. Y, claro, no pude pasar el control de pasaporte: mi documentación y mi dinero y mis tarjetas estaban en el bolso olvidado. Sudor frío, apuro y Paco que me tranquiliza: “Mandaré a Wladimir, él la encontrará”. Tras diez minutos de espera angustiosa aparece por el fondo del pasillo un mulato sonriente, corpulento, yo diría que tirando a gordo. Era Wladimir, con mi bolsa de mano y con todo en orden. Le di un abrazo al hombre, no se me ocurrió otra cosa. En ambas ocasiones tuve suerte. Siempre la tengo. Al final llega alguien para librarme de lo peor.
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