después del paréntesis

Pena de muerte

Ocurre en el estado de Florida. El año pasado se registró ahí el récord de ejecuciones por temporada, 19, cerca de la mitad de todas las llevadas a cabo en EE.UU. ¿Qué ocurre? Después de que Joe Biden conmutara las sentencias de casi todos los presos del corredor de la muerte, el nuevo mandatario de la Casa Blanca (Donald Trump) ha dado un siniestro paso atrás: el endurecimiento de esa resolutiva y terminante imposición por la que la derecha y ultraderecha se acoge con delectación. En ese territorio, y desde 1989, actúa un periodista de radio, John Koch, que se dice especialista en información sobre la pena de muerte. En 37 años, ha asistido a todas las ejecuciones del lugar: 105. La emisora en la que trabajaba lo despidió. Pero él persiste como informador libre y le vende el trabajo a quien se lo compre. ¿Por qué lo hace? Para el caso, según él, el asunto no es quién muere, incluso si se arrepiente y pide clemencia o si es consecuente con sus actos y pagará con la muerte; el asunto es cómo muere el condenado. Se ajusta aquí lo que proclama el complejo sistema judicial sobre quienes (por lo general) han asesinado. Koch, ante el castigo más extremo que se le impone a una persona. ¿Por qué sigue fiel a su oficio? Primero por razones particulares: es bueno en su trabajo; después, por lo que muestra ese panorama: “el verdadero problema -dijo- es la falta de noticias en las comunidades, el embrutecimiento de la gente y la dependencia de las redes sociales, donde todo el mundo es reportero, todo el mundo busca la verdad y todo el mundo tiene razón”. Esa es la labor de un profesional tal: hacer ver. Con ello consigue otra cosa: ser una espina clavada en los fiscales y mandamases de su Estado. ¿Por qué? Porque quien de ese modo actúa pone en entredicho el principio radical de la “Biblia” que dice: quien a hierro mata, a hierro muere. ¿En razón de qué esas muertes?, ¿de las víctimas, de los desconsolados seres cercanos? Se confirma el asunto allí: el gobernador Ron de DeSantis se postula para la presidencia por los republicanos y no acepta contradecir a su líder y a los fiscales que lo siguen a pie firma. ¿Es esa una razón política o una razón egoísta y arbitraria contra la vida de sus presos? Las organizaciones de derechos civiles denuncian lo que ha sido común en semejantes casos, advierten de los procesos judiciales irregulares y arcaicos, así como de la ejecución de personas con discapacidades psíquicas, cual es en el último caso, Frank Athen Wall, 58 años, negro y dos crímenes. Y eso queda en la conciencia de los nacidos: los vivos pueden arrogarse el derecho de intervenir contra un otro por más perversos que sean sus delitos. Se revalida la venganza de quienes siniestramente (por ideología o por el uso de los ejecutados) actúan de ese modo, cara civilización.