Leo Presentes, de Paco Cerdá. Es otro libro de memoria histórica, pero de la memoria de todos. Nuestra memoria oficializada parte del hecho de que la de los vencedores fue resarcida durante los años de la dictadura, olvidando que la Guerra Civil fue una desgracia para todos. A mi abuelo lo mataron en Paracuellos y alguien de izquierdas me dijo: “algo habría hecho”. Siempre se supone que unos muertos se lo merecían y otros no, y este es el efecto negativo que tiene sobre el espíritu de la Transición. Los muertos de un bando produjeron el mismo dolor que los del otro. El libro de Cerdá es equilibrante, hasta donde puede serlo, o al menos no es beligerante a la hora de exponer los hechos que acompañan al eje vertebrador de la narración, que es el traslado de los restos de José Antonio desde Alicante hasta Madrid, para ser enterrado en El Escorial. Es un libro muy bien escrito que hace que te reconcilies con el panorama de las publicaciones que suelen ser galardonadas para el consumo del gran público. Presentes ha obtenido el premio nacional de Narrativa en 2025, y además cuenta con el reconocimiento de Javier Cercas y, sobre todo, de Antonio Scurati, el autor de M, el hombre del siglo, donde se narran los conflictos entre el fascismo y el socialismo en la Italia de la época de Mussolini. Hay referencias a esa costumbre tan española de pasear a los cadáveres, como es el caso del de Felipe el Hermoso, seguido por su esposa, la reina Juana, que fue recluida definitivamente por loca en Tordesillas. Es la reina de la copla: “De Isabel tuvo la sangre poderosa y el sentir de su buen padre el rey Fernando”. El rey Fernando es el modelo que propone Maquiavelo en El Príncipe, del que decía Felipe II: “A él se lo debemos todo”. Estuve en el monasterio de Santo Tomé, en Ávila, con Manolo Millares poco antes de morir, y vimos la cripta donde está enterrado el infante don Juan, el hijo de los reyes Católicos muerto en Valladolid y llevado a hombros hasta su sepultura mientras se iba descomponiendo a pedazos. Hay un especial reconocimiento a la muerte de los jóvenes, como se ve en la capilla del doncel de la catedral de Sigüenza. Allí está la estatua recostada de Martín Vázquez de Arce, con un libro en la mano, indicando que después de la muerte seguirá perviviendo la entrega a la lectura en un acercamiento de la escritura a la inmortalidad. Esta costumbre de pasear obsesivamente a los muertos se traslada a la Argentina y así aparece en la novela de Tomás Eloy Martínez donde relata el periplo del cuerpo embalsamado de Evita Perón, o en la epopeya del general Juan Galo de Lavalle que es llevado a hombros por los soldados a través de las quebradas mientras se va descarnando y sus restos inservibles son arrojados al río, según cuenta Ernesto Sábato. También sucede con el pleito entablado después de la muerte de Carlitos Gardel en Colombia, en accidente de aviación. Todos estos ejemplos demuestran esa obsesión con la muerte que nos conduce a la fabricación del mito. Creo que es lo que quiere plasmar Cerdá en su novela, escrita de una forma magistral. Es una manera diferente de presentar a la memoria que dibuja David Uclés en una versión extremadamente oficializada y tintada exagerada e innecesariamente de realismo mágico. Recomiendo la lectura de este libro que se me pasó por alto el año pasado. Está editado en Alfaguara.
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