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¡Qué país!

Una amiga ha telefoneado a la Consejería de Sanidad, a uno de esos números del Gobierno donde se solicitan las citas médicas, para pedir hora para hacer su testamento vital. Es decir, para dejar por escrito cómo deben actuar los médicos con su cuerpo en caso de enfermedad irreversible: si la desconectan o no, bueno, todo eso. Le han dado cita ¡para mayo del 2027! Debe ser que los funcionarios tienen mucho trabajo, porque una cita para año y medio para aceptar un papel firmado por una ciudadana me parece un disparate. Y si vas a realizar este trámite a una notaría, te cobran y encima después tienes que presentarlo en Sanidad para registrarlo. Por otro lado, un amigo se compró un Porsche. Y al Porsche, la casa, la marca, quiere cambiarle el software del vehículo; de oficio. Le envían una carta al propietario invitándole a ir al taller oficial para el trámite, gratuito, y le dicen en ella que si necesita un coche de sustitución para las horas que su Porsche de 100.000 euros permanezca en el taller, pues que le dejarán uno. Va mi amigo al concesionario y ni software, ni coche de sustitución, ni nada. Oiga, ¿y la carta? Pues la carta puede cantar misa. Este país es así. Mi amigo ha puesto a la venta su Porsche, porque dice que ya no confía en los que firmaron esa carta, aunque el automóvil –que es muy bueno- no tenga la culpa. Tengo en mi poder la cartita. Además, pidió un manual de instrucciones del coche porque se le extravió el suyo y le pidieron 50 euros por él. Como protestó, le dijeron que le harían una rebaja de ¡quince euros! Hombre, eso para quien se ha comprado un coche de ese precio me parece insultante. Mi amigo está que trina y no le falta razón.

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