Debo confesarles que siento un sabor agridulce con los sucesos de Venezuela. Por un lado, me alegro de la captura del matrimonio de delincuentes. Por otro, comparto, con el sabio Borrell, las dudas de millones de personas sobre lo que va a ocurrir ahora. Y, finalmente, no entiendo, como les dije ayer, cómo será el procedimiento de la transición política en ese amado país. Edmundo González y Corina Machado no pueden entrar ahora, como elefantes en una cacharrería, porque el chavismo sigue ahí y se los iban a comer. Los matarían. Luego Marco Rubio tiene un plan, pero es un plan que nadie comprende porque no lo ha explicado lo suficiente. Está claro que USA va a tutelar el proceso, pero ahora Venezuela tiene una presidenta que no puede poner un pie en los países de la Unión Europea, por ejemplo, y que está incluida en el mismo sumario que Nicolás Maduro y Cilia Flores. Y en las mismas listas de personas reclamadas. Lo mismo le ocurre a Diosdado Cabello, un animal de bellota que ha ido de menos a más hasta convertirse en un sátrapa, igual que el detenido que está siendo juzgado en Nueva York. Sería un buen comienzo la liberación, hoy mismo, de los 900 presos políticos recluidos en las cárceles de Maduro y que se dieran explicaciones sobre las torturas del Helicoide, sede del Sebin, la policía política venezolana. Todos los dictadores tienen una pasma parecida: Franco, la Brigada Político Social; Hitler, las SS; Salazar, la Pide; Alemania Oriental, la Stassi; la antigua Unión Soviética, el KGB; y así sucesivamente. Es parte del sistema represivo tradicional. De momento, hasta que se aclaren las cosas, no voy a escribir más sobre Venezuela. Sería inútil, por puro desconocimiento de lo que va a pasar. Hay tantas interpretaciones que no hacen otra cosa que aumentar mi tristeza. Y, ¿dónde están los 60 detenidos desaparecidos?
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