En unos momentos en que se encuentra arrugado como una pasa, han denunciado a Julio Iglesias por acoso, o por cómo se llame eso ahora. ¿Truhan, señor? Se trata del corolario desagradable a una vida de éxito. Pero yo opino que si la Audiencia Nacional, con gran entusiasmo, como es su obligación, ha decidido admitir la denuncia, pues que sea la justicia la que decida, no la plebe. Ayer, las televisiones del país -a falta de otro tema más interesante, como es la inminente extracción de Diosdado Cabello en cuanto sean liberados todos los presos políticos de Venezuela- emitieron programas especiales para poner a Julio Iglesias como un zapato, sin esperar a que un juez decida sobre si es culpable o inocente y a que se agoten todas las instancias posibles. En fin, es el mundo que nos ha tocado vivir y a mí ni fu ni fa, porque el asunto no me interesa lo más mínimo, con lo cual he visto una oportunidad de oro para no encender el televisor. Ayer por la mañana, a las siete, en el programa de Carlos Herrera, como no encontraban una noticia que llevarse al micro, estuvieron mareando la perdiz con una mentira de Pedro Sánchez sobre la vivienda y las exenciones fiscales del IRPF, la misma que dijo en enero del año pasado. En Reyes, la COPE se pasaba las horas hablando del roscón, que es un asunto que preocupa al mundo, como todos ustedes saben. Yo me comí dos, así que también apagué la radio porque a mí lo único que me interesa del roscón de Reyes es engullirlo, ya sea el de trufa, el de nata o el de crema pastelera. Como ven ustedes, amables, numerosos y desocupados lectores, estamos en una tómbola y la vejez que me ha tocado vivir no es nada entretenida.
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