En verano, los papeles de Epstein ya eran dinamita pura para Trump. Y China celebró una cumbre junto a Rusia y la India, con una deslumbrante exhibición militar dirigida a EE.UU. Trump firmó esos días una directiva secreta: objetivo Venezuela. No quería solo el petróleo, sino también lanzar un mensaje a Putin y Xi Jinping de lo que era capaz, como hizo en Navidad atacando Nigeria o hace meses a Irán.
Este sábado, bajo columnas de humo y destellos de fuego como es de rigor, se produjo la captura del sátrapa y su mujer -Maduro, con los ojos tapados y esposado, a bordo de un buque de asalto anfibio, con una botella de agua en la mano-, como le pasó a Bin Laden. A la vista de los hechos, podemos decir, hombre, qué bien, y chuparnos el dedo. Pero, ciudadanos de este siglo, con toda la información, y no a ciegas en aquella invasión del Panamá de Noriega, nos tentaremos la ropa.
Como a Cara de Piña, a Maduro y a Cilia Flores les aguarda una condena segura en Nueva York por narcoterrorismo. Ese golpe de efecto ayudará en los sondeos a Trump. No hay cosa que más vanaglorie al americano medio que una demostración de fuerza abusiva con éxito, sin coste en sus filas. El electorado se lo tiene prohibido.
Estas bombas han matado gente. En Fuerte Tiuna se concentró el grueso de las detonaciones en Caracas, en lo que, como en La Guaira, Miranda y Aragua, en mitad de la noche, parecen ataques de distracción mientras se daba caza al matrimonio presidencial.
La costosa operación, como es marca de la casa, ha merecido el botín: las mayores reservas de crudo del mundo. Trump dijo ayer que se lo queda todo. De paso, responde con las mismas armas a las grandes preguntas potenciales. Tenía Caracas a mano, el mejor laboratorio y altavoz. Pero hasta Carlos Andrés Pérez -cuando lo conocí arrastraba la fama de ser un hombre de la CIA-, el que nacionalizó el petróleo en los 70 y fue víctima del chavismo, se remueve ahora en la tumba.
Es el primer trumpazo de la era del presidente más fascista de la Casa Blanca, imponiendo su ley en toda América -la doctrina Monroe ahora se llamaría Monroe y Trump, según la flamante Estrategia de Seguridad del amo del hemisferio occidental’. En ese catecismo de 33 páginas se avisa que cualquier narcoestado que suministre a EE.UU. está sujeto a “operaciones militares precisas”. Quien dice Venezuela dice Colombia, Cuba, Nicaragua, México, Panamá, Brasil… En tiempos, la presa era Diosdado Cabello, el número dos. ¿Qué ha cambiado? Trump desliza que la vicepresidenta, Delcy Rodríguez, se ha puesto a disposición del agresor. ¿Hasta dónde es cierto?
Me pregunto si también debemos contener el aliento algunos países de Europa antipáticos para Trump. España, sin ir más lejos, donde hay cárteles de la droga como en toda la UE, cuyos tentáculos alcanzan hasta Canarias en sus rutas criminales. Candoroso, en tal sentido, el tibio Feijóo, con una eufórica Ayuso dando el número bajo una absoluta ignorancia.
Lastimosa la coletilla del líder del PP, al considerar que era “un mal día” para el sanchismo. El presidente invocó el derecho internacional, el jefe de la oposición gastó una cautela de perra chica, con sordina y complicidad. Aún no habían escuchado a Trump desairando a Corina. Ni a Mamdani, denigrando la acción de su país.
Pero Bruselas tampoco ha estado fina. Tanto Leyen como Kaja Kallas, ambiguas y evasivas, recitaban deseos de una transición democrática “pacífica” -pacífica bajo las bombas-. Maduro se merecía devolver el poder tras no revalidarlo legítimamente en las urnas en julio pasado ante Edmundo González -exiliado en Madrid- y María Corina Machado. Pero no de este modo, sin el plácet de la ONU. La dirigente venezolana Nobel de la Paz, que fue ninguneada ayer por Trump – “no tiene el apoyo ni el respeto” de Venezuela, dijo o maldijo-, manchó su mito cuando calificó una intervención americana como un “acto de amor”, antes de que se produjera y se la llevara por delante. En España hay mucho párvulo en política doliéndose por las esquinas.
Este trofeo lo acariciaba Marco Rubio, el secretario de Estado de ascendencia cubana. Venezuela era pan comido para EE.UU., en su órbita de influencia. Porque China se había metido en el patio trasero y Trump la quiere expulsar. Porque Putin estrechó los lazos con Maduro -sin llegar a Kruschev con Fidel en la crisis de los misiles del 62-, y Trump le envía el recado de sus capacidades aéreas.
Pero, de fondo, subyacen las ruinas del imperio, el pinchazo de los aranceles y las encuestas, el coste de la vida y la pecadora amistad con Epstein, cuyos archivos amenazan al trumposo, que no perdona a Corina que le quitara el Nobel de la Paz. Pobre Venezuela, entre Guatemala y Guatepeor.
¿En qué momento se jodió el mundo? ¡Ay, Zavalita! Ahora mismo está sucediendo en tiempo real.
