La muerte de Cristino de Vera era el mayor presentimiento de su vida. Y la meta de toda su obra. El conjunto de la pintura de este tinerfeño radicado en Madrid es un monólogo insuperable sobre la continentalidad de la muerte desde la insularidad de la vida.
Para Cristino de Vera, uno de los nombres inmortales del arte contemporáneo español, junto a canarios como Óscar Domínguez, Manolo Millares, Chirino o Manrique, entre los que rompieron la misantropía local, los últimos años hasta cumplir 94 fueron una continua aproximación al desenlace del misterio de su vida y su obra. Solía filosofar acerca de ello: “No es el final, sino el principio de un espacio que no tenemos capacidad de comprender, porque es el silencio”.
Cristino llevaba impreso en su nombre, que significa seguidor de Cristo, un destino místico, que reflejó en su inmersión pictórica en el mundo espiritual, a la que permaneció fiel como un anacoreta en Madrid. El día que recibió, en 2019, el Premio Taburiente de la Fundación DIARIO DE AVISOS, dijo que, posiblemente, ese fuera su último premio en vida. “Recibirlo en mi tierra, cuando casi no quedan amigos, porque están en el más allá, es emocionante”, declaró en una entrevista con Juan S. Sánchez para este periódico, donde se adentró en su afinidad por la muerte y la incertidumbre sobre la existencia de Dios.
Introspectivo y tan profundo como observador, decía de sí mismo que su labor había consistido en llevar belleza a un mundo que la necesitaba tanto como la bondad, con la misma vocación que tuvieron en la música Juan Sebastián Bach, Haendel, Shostakóvich o Béla Bartók. Lo cierto es que sus lienzos, aun cuando muestren en sus bodegones cráneos pensativos y solitarios en la mesa de un camposanto, con tonos ocres y pardos sin contrastes, tienen el secreto de contarnos, idílicamente, qué son el silencio, la soledad y la muerte, sin prisas. Todo en Cristino, en su voz cadenciosa, en su figura de Greco, y en su manera puntillista de pintar rebosaba paz. Todo ocurría en un tiempo sin tiempo.
En el almuerzo de los Premios Taburiente de aquel año 2019, víspera de la plaga mortífera de la pandemia, sentado a su lado, Cristino me confesó el recuerdo lacerante de un compañero de pupitre que murió de tuberculosis, sin entender por qué él se libró.
Un místico sin misa lo llamaba Francisco Umbral. Era un eremita, flaco, como en un ayuno con el solo sustento de la oración. Sin embargo, cabía presuponerlo feliz. En el Guimerá, aquella noche de la gala de los Taburiente, nos dio un discurso de despedida, como si se fuera a morir al día siguiente, como hacía siempre desde que lo conocí tantos años antes, obsesionado sin pausa con la muerte.
Ahora que ha muerto de verdad, que hable por él su extraordinaria obra pictórica, buena parte de ella difundida por Agustín Rodríguez Sahagún, que fue ministro de Defensa con Suárez, alcalde de Madrid y agente artístico de Cristino. Sus cuadros vinieron al mundo cuando la muerte era un tema tabú. Ahora que es un tema bestseller, su autor, con las dudas despejadas, ha hecho lo que siempre pensó cuando quiso ser marino mercante: viajar cuanto más lejos mejor.

