el chasnero

¡Viva el frío!

Aclaro que vivo en San Miguel de Abona y, para quienes desconocen el dato, informo de que la medianía chasnera es casi tan fría como el centro lagunero, sobre todo en estos días, en los que el padre Teide sanciona nieve y grava la temperatura insular.

Aquí, en San Miguel, nevó en pocas ocasiones, pero levemente sucedió alguna vez, aunque -con mayor intensidad y suficientemente abrigado- ya he conocido la caída de cristales de hielo en otras latitudes; en una escapada a Nueva York, por ejemplo. Inicialmente, allí, vi mi chaquetón pleno de partículas blancas y recordé aquellos años en los que la caspa me anunciaba la inminente alopecia.

Fue en Argentina, sin embargo, hace 40 años, el lugar en el que me sentí más propiamente congelado. Con el ardor irresponsable de la juventud, sin plumas, sin camisas térmicas y a -8º, paseaba yo tan felizmente por Buenos Aires, y sentí un frío glacial que -produciéndome un brutal mareo- estuvo a punto de tumbarme al suelo de Chacarita como un saco de papas.

Desde entonces hasta hoy, me costó mucho prepararme contra el frío, hasta el punto de disfrutarlo, tras superar gripes latosas, estas últimas acompañadas por eso que llaman “tos productiva” -las flemas-, que te vuelven insomne con sus propios ruidos y piden expectorantes por señas. En esos casos, ya agarro el caminito del centro de salud y su amabilísimo personal, y, tras el pinchazo de la vacuna, a cargo de Francisco Hernández, y la sabia supervisión del doctor Aitor Rodríguez, llego a casa y refuerzo la “ropa de brega”: más calzones y camisas térmicas, albornoz grueso, bufandas de buzo, pasamontañas, máscara de estambre y, naturalmente, un gorrito.

Asimismito, me lancé recientemente a la TF-1 y, tras llegar a la ciudad y salir del parking del Heliodoro, me tropecé con mi querido amigo -artista excepcional- Raúl García, quien, viéndome con aquella pinta de yupik (natural de Alaska), detuvo su “amoto” a mi lado,y, para jolgorio de la afición, me espetó a los cuatro vientos: “Semanuéééééé… ¡Qué vienes al Heliodoro y parece que estás en Bosnia Herzegovina! ¡No seas tan desageraoooooo, Semanuéééééé, magoooooooo!”

Volví luego a mi pueblito de San Miguel de Abona, con el calorcito maravilloso de la victoria del Tenerife ante el Talavera, subí a casa, reforcé el dispositivo y añadí unas mantas de coralina, poliéster 100%, con forro interior; una solución que rebusqué -por taxativa orden de mi “doña”- en todas las tiendas de textiles de Chasna. Hasta que dimos con ellas en San Isidro, una de las capitales comerciales del lugar.

El verano, en cambio, me pasa facturas casi insoportables. Me irritan los golpes de calor y, especialmente, una de sus consecuencias: la deshidratación. En horas de noche, sufro insomnio y, al tiempo, padezco sed intensa, siento la boca reseca y enfrento alguna fatiga más bien chunga.

Es verdad que tengo aire acondicionado en el dormitorio de mi casa. A veces, sin querer, me duermo sin apagarlo y, entonces, un día después puedo aparecer con tos, faringitis, laringitis o pollabobitis.

No olvido nunca el día en que estrené acondicionador. Sin leer las instrucciones, y con 40 grados de temperatura, le di al on (encendido) pero, por defecto, el aparato traía incorporado el heat (calor) en lugar del cool (frío). Y, claro, pegué a sentir que me faltaba el aire, que sentía un terrible calor corporal y experimentaba una sudoración torrencial; una auténtica crisis vasomotora. Me estaba convirtiendo, como un pollo, en un Pitti a la brasa.

En definitiva, me volví un fanático del frío y hasta cambiaría mi residencia a Groenlandia, pero allí esperan a vecinos muy chiflados.

¡Viva el frío!