La poeta y activista asesinada por un paramilitar de Trump, el miércoles, en mitad de la paranoia del secuestro de Maduro, había escrito un poema que ahora es el testamento de una mujer de 37 años, Renée Nicole Good, que resume esta era de odio, violencia y locura. Víctima de todo ello a la vez, había decidido escribir en el último verso: “Y todo muere allí.”
Estamos viviendo la fascinación y terror del videojuego de Trump, pero no es Roblox ni Minecraft, es la vida, que acaba de mutar en esto. Trump, en efecto, se ha metido en medio de todas las conversaciones, y son vox pópuli sus incursiones potenciales en Groenlandia, Canadá, México, Colombia y Cuba.
Parece virtual, pero este videojuego es de carne y hueso. La grabación en la que le vuelan los sesos a la joven poeta madre de tres hijos muestra al agente que dispara tres veces a un rostro que le sonríe al volante de su vehículo y le dice segundos antes de que apriete el gatillo: “No te preocupes, amigo, no estoy enfadada contigo.” Renée Nicole y su esposa, como muchos vecinos, hacían sonar un pito en el barrio alertando de las habituales redadas del ICE, el Servicio de Inmigración. El que la mató podía tener “patas peludas de cucaracha”, como escribe en otro verso. Se llama Jonathan Ross y ha sido exonerado ipso facto por Trump. Todos sus agentes tienen licencia para matar.
Conocer la identidad del que abrió fuego no es un dato menor, como en el caso de Jakobus Onnen, que ahora ha sido identificado como el oficial de la SS que en 1941 encañonó en la cabeza a un judío que esperó la bala con los ojos abiertos a orillas de una fosa común repleta de cadáveres. La famosa fotografía de ese instante, ‘El último judío de Vinnitsa’, resume toda la crueldad que vomitó el nazismo. Ahora, el vídeo de Minneapolis refleja todo el mal de Trump, que ha confesado que anhela contar con “generales como los que tuvo Hitler”.
Los últimos sucesos transforman a un presidente estrafalario en el peligro público número uno del planeta. Aquel ‘chikilicuatre’, tan grotesco como el de Eurovisión que cantaba ‘Baila el Chiki-chiki’ y tocaba una guitarra de juguete que llamaba Luciana, se ha hecho un supervillano sediento de sangre. No es lo cómico del personaje de corbata roja hasta los pies lo que paraliza al mundo, sino lo trágico de sus hazañas, que, como el principio hermético, “como son adentro son afuera”.
Al poco de filmar el sábado día 3 la llegada coreografiada de los helicópteros Chinook a ‘cazar’ a Maduro y la esposa en Caracas, en Minneapolis, ese agente del ICE -la ‘Gestapo de Trump’- consumaba esta atrocidad. Durante el fin de semana, volvieron las protestas a las calles de EE.UU., como hace meses, cuando las masivas manifestaciones de ‘No Kings’ (Sin Reyes). Algunos politólogos creen que estamos ante el esbozo de una posible guerra civil. Dado que la ha emprendido indiscriminadamente contra los ‘molinos de viento’ en distintos países a la vez, cabe comenzar a hacer conjeturas psiquiátricas de su estado mental, como hacía él mismo de los lapsus de Biden siendo octogenario, esa franja psicológica de edad en la que Trump entrará este año.
¿Hasta qué punto le patina el coco? En la reunión con las petroleras se levantó para mirar tras el cristal de la puerta las obras del salón de baile de la Casa Blanca. Y cuando Marco Rubio le pasó una nota reservada, la leyó en voz alta sin ninguna precaución. Majareta o no, es alguien que huye hacia delante de las encuestas y los papeles de Epstein. Y que teme perder las elecciones de medio mandato en noviembre y sufrir un ‘impeachment’. Su última venganza ha sido mandar perseguir penalmente a Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, por no bajar los tipos de interés a su gusto.
El poema de Renée Nicole se titula, por cierto, ‘Sobre aprender a diseccionar fetos de cerdo’. “Tal vez entre mi páncreas y mi intestino grueso, está el insignificante arroyo de mi alma”, supuso para cuando no tuviera cuerpo.
Todo apunta a que Trump prepara con fuego una decisiva cumbre con China en abril y atacará a Irán, cuyas revueltas él mismo fomenta con ayuda de Israel.
Muchos se preguntan por qué las democracias que siguen en pie están de brazos cruzados angelicalmente, sin unirse frente al loco antes de que perdamos todos la condición de ciudadanos libres, seguros y soberanos.
Esperar que, como a Ícaro, se le derritan las alas bajo el sol es una ingenuidad temeraria, incluso tratándose de un videojuego tan real como este.
