opinión

Cuando el Carnaval muestra la gentrificación

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El Carnaval de Santa Cruz de Tenerife siempre ha sido algo más que una fiesta. Durante décadas fue un espacio de encuentro colectivo, un momento en el que la ciudad se reconocía a sí misma en la calle, sin distinciones y sin barreras. El carnaval era, sobre todo, de quienes vivimos aquí.

Sin embargo, algo ha cambiado en los últimos años. Y no tiene que ver con la música, ni con las comparsas, ni con la evolución natural de una celebración que siempre ha sabido adaptarse a su tiempo. Tiene que ver con quién puede disfrutarla realmente.

La llegada masiva de visitantes durante el carnaval —turistas alojados en la isla, cruceristas que desembarcan por horas y visitantes atraídos por la proyección internacional de la fiesta— ha transformado el equilibrio de la ciudad durante esos días. Lo que antes era una celebración popular empieza a parecerse, cada vez más, a un producto turístico.

Pero esta transformación no ocurre solo durante una semana al año. El carnaval simplemente hace visible un proceso que se vive el resto del tiempo. El aumento constante del precio del alquiler en Santa Cruz ha ido expulsando progresivamente a residentes del centro y de los barrios tradicionalmente vinculados a la vida de la ciudad. Durante los días de carnaval, esa presión se intensifica aún más, con viviendas que cambian temporalmente de uso o precios que se disparan ante la demanda puntual.

Al mismo tiempo, el modelo urbano también está cambiando. Cada vez es más frecuente ver cómo los promotores dejan de buscar suelo para construir vivienda residencial y ponen el foco en la transformación de locales comerciales en alojamientos turísticos o viviendas destinadas al alquiler de corta estancia. El espacio urbano deja de pensarse para vivir y empieza a pensarse para rotar visitantes.

La gentrificación no solo encarece la vivienda; también desplaza simbólicamente a los vecinos de sus propios espacios y tradiciones. El resultado es una sensación cada vez más extendida entre muchos residentes: la fiesta sigue existiendo, pero ya no está pensada para ellos.

El ejemplo más evidente lo viví con mi familia en el Coso Apoteosis del martes de Carnaval. Durante años bastaba con llegar con tiempo y buscar cualquier esquina. Siempre había un hueco desde el que mirar, ponerse de puntillas o subir al pequeño de la casa a los hombros para que pudiera ver pasar a Charlot, a la Lecherita, a las comparsas o a las Celias. Era un carnaval cercano, compartido, casi doméstico dentro del bullicio. Hoy la sensación es distinta. Entre espacios acotados, calles saturadas y una presencia masiva de visitantes, muchos vecinos terminamos rindiéndonos antes siquiera de intentarlo. No porque sobren personas, sino porque la ciudad empieza a sentirse menos nuestra. Como cantaba Calle 13, cuando el paisaje cambia demasiado deprisa, uno tiene la sensación de que algo propio se va diluyendo.

Mientras tanto, la ciudad asume los costes: tráfico imposible, servicios tensionados y espacios públicos que dejan de pertenecer temporalmente a quienes los sostienen el resto del año. El beneficio económico existe, sin duda, pero la pregunta es otra: ¿hasta qué punto una ciudad puede crecer sin expulsar, poco a poco, a quienes la habitan?

Porque la gentrificación no ocurre solo cuando suben los alquileres o desaparecen los comercios de siempre. Ocurre también cuando el residente empieza a asumir durante todo el año los costes de un modelo pensado cada vez más para quien llega y cada vez menos para quien se queda. El carnaval solo lo hace visible durante unos días. El resto del tiempo, simplemente forma parte de la normalidad.

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