Una reflexión mensual desde la orilla
“El hombre y la mar” nace como un espacio de reflexión sobre nuestra relación con el océano que nos rodea y nos define.
En nuestras Islas Afortunadas, la mar no es un horizonte lejano. Es sustento, es conexión y es frontera. De ella dependen nuestra economía, nuestro abastecimiento, nuestro paisaje y buena parte de nuestra identidad colectiva. Aunque a veces lo olvidemos, vivimos de cara a la mar. Y no siempre somos conscientes de hasta qué punto estructura nuestro día a día.
Esta sección quiere centrarse, una vez al mes, en esa relación profunda entre la sociedad insular y el entorno marítimo. Hablaremos de transporte y puertos, de energía y sostenibilidad, de innovación tecnológica y transición ecológica. Pero también hablaremos de cultura, de historia y de futuro.
El océano está cambiando. El aumento del nivel del mar, la subida de la temperatura del agua y las nuevas exigencias ambientales están transformando sectores estratégicos y obligándonos a repensar modelos económicos y decisiones públicas. Las islas se encuentran en primera línea de ese cambio.
Sin embargo, estar en primera línea no significa ser únicamente vulnerables. Significa también tener la oportunidad de liderar. Por nuestra escala, por nuestra dependencia logística y por nuestra condición de territorio rodeado de mar, podemos convertirnos en espacios de innovación y referencia.
“El hombre y la mar” no pretende ser un discurso alarmista ni ofrecer soluciones. Busca aportar análisis, contexto y preguntas necesarias. Porque comprender el mar es comprender nuestra propia realidad e identidad.
No deberíamos perder el equilibrio que hace de nuestras islas un territorio singular. Ese encanto que nos ha valido el nombre de Islas Afortunadas no es casualidad: es fruto de una relación histórica entre el ser humano y su entorno.
Desde esta orilla, cada mes, intentaremos mirar más allá del horizonte.
El mar que nos sostiene y el compromiso de protegerlo
Vivir en una isla es vivir de cara a la mar, aunque muchas veces no lo asumamos plenamente. No es una simple metáfora: es una realidad cotidiana. Más del 90 % de lo que consumimos , alimentos, combustible, materiales, etc.., llega por barco. El mar es nuestra autopista invisible, nuestra despensa flotante y nuestra conexión permanente con el exterior.
Y, sin embargo, pocas veces pensamos que ese mismo mar que sostiene nuestra vida está cambiando… y que nosotros también formamos parte de esa transformación.
El transporte marítimo mueve más del 80 % del comercio mundial. Es uno de los medios más eficientes para trasladar grandes volúmenes de mercancías, pero su enorme escala ,con una flota mundial que supera los 100 000 buques mercantes ( hablamos de buques por encima de las 100 TRB), hace que su impacto acumulado sea relevante.
Históricamente, los buques han emitido dióxido de carbono (CO₂), óxidos de nitrógeno (NOₓ), óxidos de azufre (SOₓ) y materia particulada. La entrada en vigor del Anexo VI del Convenio MARPOL marcó un antes y un después, imponiendo límites cada vez más estrictos, especialmente en el contenido de azufre de los combustibles. MARPOL no solo ha reducido emisiones al aire: es uno de los convenios internacionales que más ha contribuido a prevenir la contaminación marina desde su aprobación con la aplicación de los diferentes anexos.
Nada de esto ha sido gratuito. Ha sido fruto de una combinación de regulación, inversión y transformación industrial. Navieras que modernizan sus flotas. Compañías energéticas que redefinen su modelo de negocio.
Destaco el ejemplo de CEPSA, hoy MOEVE, que simboliza esa transformación profunda: el paso de petrolera a energética. No puedo dejar de citarla por múltiples razones. Es una empresa que forma parte de la historia económica y social de nuestras islas. Alrededor de su refinería y de sus distintas unidades de negocio crecieron muchas familias. Entre ellas, la de quien escribe estas líneas.
Mi padre , del que no puedo dejar de hablar cuando hablo de esta gran compañía , que en paz descanse , trabajó más de cuarenta años en aquella instalación que tanto contribuyó al desarrollo de nuestras islas. Fue un hombre orgulloso de su empresa, como lo fueron tantos canarios, tanto en la flota como en tierra, que formaron parte de la Compañía Española de Petróleos. Ese sentido de pertenencia del que tanto se habla ahora en el mundo empresarial, ellos ya lo practicaban entonces.
Sobrevivió a la explosión de un petrolero durante unas operaciones simultáneas de limpieza y reparación. En un primer momento fue dado por fallecido. Nunca hablaba de aquello como una hazaña ni para lamentarse; para él era simplemente parte de su vida. Tras una dura recuperación, regresó a su compañía como le gustaba decir y continuó durante décadas con un compromiso silencioso, firme y leal.
En territorios insulares, donde el puerto forma parte del núcleo urbano, las emisiones no son una estadística lejana: forman parte del aire que respiramos.
Y aquí conviene detenernos en un concepto que utilizamos con frecuencia: medioambiente. Es el conjunto de elementos físicos, químicos, biológicos y sociales que nos rodean e influyen en nuestra vida. No es solo naturaleza en estado puro; es la interacción constante entre el entorno natural y la actividad humana. Proteger el medioambiente significa preservar el equilibrio que hace posible nuestra propia existencia y las de las futuras generaciones.
Hoy el sector marítimo se encuentra en plena descarbonización como contribución a la protección del medioambiente.
El transporte marítimo representa alrededor del 3 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Sin embargo, sigue siendo seis veces más eficiente que el transporte por carretera y hasta sesenta veces más que el aéreo en emisiones por tonelada y kilómetro. El reto no es detenerlo, sino transformarlo.
La Organización Marítima Internacional y la Unión Europea han fijado el horizonte de neutralidad climática en 2050. Para lograrlo, las medidas se articulan en tres ejes: mejorar la eficiencia energética de los buques, impulsar combustibles de baja intensidad de carbono y aplicar el principio de “quien contamina paga” mediante el comercio de derechos de emisión.
La descarbonización ya no es una aspiración voluntaria: es una realidad normativa que cambiará la forma de diseñar , operar y financiar el transporte marítimo.
En paralelo, tecnologías como la propulsión con combustibles alternativos , diésel-eléctrica, los sistemas dual fuel o la propulsión eléctrica con baterías ganan protagonismo. La electrificación avanza tanto en el ámbito marítimo como en el automovilístico global. El cambio ya está en marcha. Ejemplo de ello y según fuentes oficiales, a finales de 2024 China tenía más de 1 000 barcos que usan fuentes de energía alternativas en sus vías fluviales (río Yangtsé y su afluente el rio Huangpu a su paso por Shanghái) , incluyendo baterías y gas natural licuado (LNG). China ha sido durante años uno de los países que más contaminan en términos absolutos, se ha posicionado en pocos años como de energía solar y eólica , líder de fabricación de paneles solares y coches eléctricos , un país que ha prometido neutralidad de carbono en el 2060 y dando los pasos acertados para ello.
Pero esta transición no es inmediata ni gratuita. Modernizar flotas y adaptar infraestructuras requiere inversión. Y en una isla surge inevitablemente la pregunta: ¿cómo afectará esto al coste del transporte y, por tanto, al precio final de los productos?
Es una inquietud legítima. Aquí el transporte no es accesorio; es una necesidad .
Sin embargo, también existe una oportunidad.
Las islas pueden convertirse en laboratorios de innovación: suministro eléctrico a buques en atraque, pruebas con combustibles alternativos, integración de energías renovables en puertos o desarrollo de corredores verdes.
No se trata solo de cumplir normas. Se trata de posicionarse.
El desafío es tecnológico, pero también cultural. La relación entre el ser humano y el mar siempre ha oscilado entre explotación y respeto. Hoy necesitamos equilibrio.
Las islas han sido históricamente territorios de frontera. Hoy lo son también climática. Estamos en primera línea del impacto del cambio global, pero también podemos estar en primera línea de las soluciones y de crecimiento acertado.
*Rafael J. Rolo González. Doctor en Ingeniería Náutica
