tribuna

El mencey amigo de Clinton

Ricardo Melchior tenía vivencias cuasi bíblicas, como su apellido judío. En aquel sincretismo de hombre adelantado a su tiempo, que lucía una añepa como un mencey en su despacho del Cabildo y se rodeaba de visitantes extranjeros, había un misterio de hombre de campo dotado de una sabiduría poco habitual. Su muerte, ayer, al borde de los 79 años, provoca una eclosión de imágenes de esa personalidad tan versátil.

Una vez me hizo el relato de una falsa muerte, pero tan verídica que se la creyó. Había llegado de Bruselas, de madrugada, y a la mañana siguiente, voló con Sabela, su esposa, a Fuerteventura, para no frustrar la sana costumbre de ir a comer pescado a la isla majorera una vez al mes. Estaba tan agotado que llegó al hotel en Corralejo y se puso instintivamente el bañador pensando en relajarse en el mar. La falta de conciencia le impidió fijarse en la bandera roja. Nadó y nadó hacia fuera, y cuando intentó regresar a la costa las olas se lo impidieron. Estaba tan lejos, que se sintió más solo que nunca. En dos segundos repasó su vida y lo fulminó una tristeza inconcebible: “No he parado de trabajar y de luchar y voy a morir aquí como un tonto”.

Pero se salvó, no sin tragar cinco litros de agua del mar y ser socorrido, cerca de la orilla, por un bañista alemán. Alemania y los alemanes eran parte esencial de su vida. Su padre, Ricardo Melchior Booth, era de Hamburgo, hijo de madre escocesa y padre de ascendencia danesa. A los 51 años murió de un infarto, y él, con 14, se enfrentó a la vida real.

Recién llegado a la presidencia del Cabildo con CC, a finales de los 90, tuvo un accidente de tráfico en Francia que casi no lo cuenta. Lo hacían miembro de la cofradía más antigua del mundo en Burdeos, la de Saint Emilion, y llovía a cántaros. Un efecto de aquaplaning fue la causa. Se tocó y dijo: “¡Estoy vivo!”. Quince años después, lo visité en su casa lagunera, tras sufrir otro accidente, en el que volvió a nacer. Se había dormido en la carretera, camino de El Médano. Boca abajo, se tocó como aquella vez anterior, y dijo: “¡Estoy vivo!”. Los bomberos cortaron con la cizalla el coche por detrás y lo extrajeron. Le habían reconstruido tres dedos y el astrágalo del pie izquierdo, y se movía por la casa en un scooter eléctrico.

El hombre que trajo el tranvía y a Clinton a la isla, que no pudo traer la momia de Madrid, que creó el ITER con su supercomputadora y sorprendió a Sarkozy instalando la fibra óptica submarina entre tres continentes, me habló en una ocasión como el campesino que decía ser desde que aprendió a ordeñar vacas, pisar uvas y cargar rolos de plataneras en Valle de Guerra. Se refirió a los palos de la vida, me dijo que de ellos se aprende quiénes son amigos de verdad y quiénes no; que no se había hecho desconfiado, sino realista y que con ese sexto sentido era capaz de captar el comportamiento del ser humano, respetar a quien era sincero con él, aunque estuviera equivocado, y ser duro como nunca con quien pretendiera engañarle. Tomé nota. Solía tener buen humor y célebres cabreos, que atribuía a que no soportaba “la mentira ni la vagancia”.

Tengo grabada la imagen bonancible de un canario docto y políglota andando por Nueva York junto a Bill Clinton, que lo llamaba “senador Melchior”. El expresidente norteamericano vino a la isla en 2005 y lo captó para los cónclaves de su Fundación Iniciativa Global. Fui testigo de uno de ellos en una estancia en la ciudad de los rascacielos que coincidió con la cita de líderes del influyente think tank. Melchior era un tipo transversal que aglutinaba una suerte de sacerdocio político con la visión de hombre de ciencia, del ingeniero industrial que siempre miraba con luces largas.

Estaba orgulloso de la beca del Cabildo que le permitió formarse en Aquisgrán. Como lo estaba de los hijos, de la esposa y de amigos y colaboradores como Pedro Molina, Manuel Cendagorta, Víctor Pérez Borrego o Nemesio Pérez, coordinador del Involcan. Cuando dirigió la Autoridad Portuaria habló de una nostalgia en CAPSA, en el muelle, en sus inicios.

A Stephen Hawking, en mi presencia, lo hizo feliz. El físico teórico se le quedó mirando, rodeado de paneles solares, sonriente y desconsolado. Melchior le leyó los ojos y le dijo: “¿Le gustaría tener uno de estos en su casa de Cambridge?” Hawking asintió con la mirada. Y Melchior se comprometió a hacerle ese regalo. Las energías renovables eran su caballo de batalla; ese fue el origen de Gorona del Viento en El Hierro, como siempre cuenta Tomás Padrón.

Se subió a un avión y se sentó al lado de una monja: “Madre, yo la conozco, no sé si de Santa Cruz, La Laguna o Garachico”. Se pasó todo el viaje charlando con la madre Teresa de Calcuta y le pidió a la azafata caramelos para los niños de la misionera. A la salida, le llevó la maleta y ella parecía feliz con su bolsa de caramelos. Melchior siempre sonreía deshojando anécdotas.