opinión

Espejito, espejito

Todo el mundo sabe que en Carnaval, la fiesta está en la calle. La ciudad se convierte en un baile de máscaras en el que conviven especímenes variopintos. No hay normas ni criterios ni dress code, sino la libertad de convertirte en lo que nunca has sido y siempre has querido ser. Hay gente que lo tiene muy claro, por eso dedica el resto del año a diseñar su fantasía hasta que logra convertirla en realidad. Sin embargo, hay otras personas que se visten de cualquier manera, porque al final, el tiempo se va en un soplo y les pilla el toro y, a fuerza de querer serlo todo, acaban siendo nada, un batiburrillo de complementos sin ton ni son, cuyo resultado es imposible de descifrar. Por otro lado están los que no se complican la vida y se agarran a un clásico, que siempre resulta, además, así no arriesgan tanto y se aseguran el éxito.

El primer viernes de Carnaval un grupo de Blancanieves irrumpió en el restaurante en el que estábamos cenando. Las mujeres del cuento estaban alteradas, a pesar de que iban muy bien acompañadas por los siete enanitos. No nos sorprendió su actitud desordenada, porque en Carnavales todo vale y lo que vale es la risa, el vacilón y todas sus locuras. Así que nos acercamos a su mesa y estuvimos hablando un rato de la dureza de la vida en el bosque y de lo caras que estaban las manzanas para que, encima, te comas una y te salga envenenada. No hay derecho, exclamó una, el mundo está loco y carísimo, añadió otra, así que mejor será cenar, que una no sabe nunca dónde va a poder hincar el diente. La conversación dio para mucho, porque las Blancanieves tenían muchas ganas de hablar y nosotras de divertirnos, que el mundo ya está lleno de historias infectas y de telediarios que nos envenenan todos los almuerzos. Nos pareció que estaban muy parlanchinas, como si hubieran permanecido mucho tiempo a la espera y en silencio. Eran tan escandalosas y hacían tanto ruido que un policía con pelucón que andaba ya por el postre, alzó la voz y les llamó la atención, aunque no se atrevió a mandarlas a callar, porque habían cogido carrerilla y seguían dale que dale con la cháchara, animadas por los enanitos y la fiesta.

Cuando terminamos de cenar, nos encontramos a la madrastra en la cola del baño. Se había pasado tooooda la cena mirándose al espejo. Iba vestida como en el cuento, con una capa violeta y una corona dorada llena de brillos. En su mano llevaba el espejo espejito ante el que continuaba mirándose, como si buscara algo más allá de su reflejo.

Lo raro del asunto fue que, mientras la madrastra insistía pregunta tras pregunta, el espejo espejito se resistía a darle la respuesta correcta, es decir, la respuesta que ella quería oír y que había estado oyendo toda la vida. Y eso, a pesar de que la mujer no paraba de repetir que le dijera la verdad, porque, a ver, espejito, que me digas la verdad te digo, insistía la bruja, mientras se afanaba por colocarse bien las pestañas postizas y atusarse el bigote.

Porque es que las madrastras son así, insistentes. Llevan tanto tiempo en el mismo cuento que se lo han creído. De hecho, tan caprichosas se ponen a veces que sienten que tienen el poder de la verdad, y eso a pesar de la peluca y de la voz ronca, continúan emperradas en la certeza de su mirada, como si el espejito fuera tonto y no llevara siglos oyendo sandeces.

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