tribuna

Feibascal en el pandemónium

Un día habrá un presidente normal en la Casa Blanca. En Madrid no gobernará Ayuso ni estará MAR por los alrededores, pues Madrid no tiene mar. Y cuando corresponda, podrá haber una derecha decente en la Moncloa. Sin necesidad de mecerse en el odio.


No estoy desvariando, solo he dicho un par de ideas tópicas, quizá utópicas. Porque los tiempos están bastante alterados y lo distópico es el presente. Esta semana se han cruzado las líneas rojas de esa distopía. Las armas más temibles están fuera de control, ha comenzado una guerra digital y solo nos defienden unos pocos líderes kamikazes.


El jueves expiró el último tratado sobre armas nucleares que estaba en vigor entre EE.UU. y Rusia, y ahora impera la ley de la selva en cuanto al predominio atómico, un escenario que invoca el fatídico Armagedón con que se desgañitaban Biden y Putin. Lejos ya quedan las idílicas ententes, en los años 80-90, de Gorbachov, Reagan y Bush padre sobre el desarme y el final de la Guerra Fría.


Respecto a las redes sociales (que construyen y destruyen por otros medios), los llamados tecnooligarcas, más poderosos que muchos Estados, se han echado al monte contra las democracias y presidentes electos, que, en Francia y España, en particular, combaten la noche oscura de los algoritmos y la pornografía infantil y tratan de que los niños no caigan en sus redes.


Presumir un mundo sin Trump no es lo demencial. Quizá Trump atraviese una suerte de demencia, que sea lo único real de su simulación, según las sospechas psiquiátricas que ya afloran. Si así fuera -y miro para España-, multitud de adeptos habrían sido víctimas de un lunático que los hechizó.


Una España sin trémulos achaques de disforia retornaría a la sana alternancia en el poder. Europa podría permitirse algún gobierno de ultraderecha testimonial. Pero, por desgracia, la historia me contradice. Antes del apaciguamiento, hemos de pisar la cáscara de plátano. Chamberlain lo hizo con Hitler y hubo una guerra mundial. Con Trump está pasando lo mismo, con vítores desde Europa (España, tocando fondo) al asalto a Venezuela. Pidieron que secuestrara a Sánchez también.


Lo paradójico es que el trumpismo está desinflándose electoralmente en su cuna natal, se está cayendo a pedazos en EE.UU. (abuchean a Trump en las Vegas, en sus adorables funciones de lucha libre, con gritos de “Fuck ICE”, y pierde en bastiones republicanos como Texas), pero en Europa, donde apadrina a la ultraderecha, esta ignora los asesinatos de Minneapolis y la infame detención de Liam, el niño ecuatoriano, puesto ahora en libertad como una presa peligrosa. ¿Vendrá el paquete entero del trumpismo a nuestras calles, con las redadas y los tiroteos que lo caracterizan? ¿Las urnas no se darán por aludidas? Quizá hoy en Aragón todavía no.


Una guagua se pasea por las calles de Zaragoza con un rostro híbrido, mitad Feijóo, mitad Abascal. Es comprensible ese avatar de los dos, un grolar con los alelos de Trump: se trata de Feibascal. La idea de un gobierno español hipotético de derecha y ultraderecha con Feibascal al frente. La cáscara de plátano antes del desenmascaramiento.


En el cierre de campaña de Aragón, el PP recurre a Vito Quiles, de la factoría de Alvise Pérez y Vox, y a Los Meconios, que en su día arropaban a Abascal cantando “vamos a volver al 36” o “las feministas protestan por una violación grupal, hay 10 más que investigar, me da igual, son de Senegal”. Que Feijóo -o su metamorfosis en Feibascal- consienta en orar en público con esos coros es el remate al delirante caso del alcalde de Móstoles, al que una concejala denuncia por acoso sexual y laboral.


El kaiser se pedorrea en su descomposición y se duerme en las reuniones. Trump en estado hipnagógico es un peligro. Cuando se despierta, ha soñado con una guerra. Los tecnobros, su guardia de corps en la investidura, están bajo vigilancia en Europa. Francia registró las oficinas en París de Elon Musk, que llamó a Sánchez “tirano” y “fascista totalitario” (“y criminal corrupto”, añadió Abascal, patrióticamente) por anunciar, en los días que habló de regularizar migrantes, que restringirá el acceso de los menores de 16 años a las redes sociales y perseguirá la huella del odio y de los réprobos algoritmos en el “salvaje oeste digital”. Pável Dúrov (Telegram) se unió a las huestes de Musk, y Sánchez les dedicó una cita cervantina (en realidad, obra de Goethe): “Deja que los tecnooligarcas ladren, Sancho, es señal de que cabalgamos”.


¿Cuándo se jodió el mundo, este mundo? Fue en enero de 2025, con la plutocracia de Trump, la maldad multimillonaria reducida a un móvil metiéndose en nuestros bolsillos y partes pudendas, creyéndose invencible.

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