Uno de los síntomas más notorios de la gloriosa senectud es la gota que se te pone en la punta de la nariz, como si siempre padecieras un catarro. Yo me fijaba en la gota de los viejos cuando era joven y ahora que soy viejo los jóvenes se fijarán en mi gota nasal, que es como una mínima catarata, que aparece aunque no padezcas un resfriado. Es un síntoma viejuno y permanente. Hay trucos para contenerla, yo me sé algunos, pero no los revelaré y menos gratis. Tengo un amigo escritor que lo primero que pregunta, cuando le invitan a que escriba algo, un obituario, o una elegía, o una laudatio, es: “¿Y cuánto pagan?”. Si le dicen que no pagan nada, no escribe y manda al del encargo a tomar por saco. Yo soy más permisivo con las peticiones literarias y digo, resignado: “Pues que sea la voluntad”. Y muchas veces no hay voluntad ni puñetas y uno se queda a tres por medio cuartillo. Pero lo que me ocupa hoy es la gota, que te cae en el momento menos oportuno, cuando saludas a una señora de buen ver o cuando firmas en el libro de visitas. Es en ese momento cuando la gota se mezcla con la tinta y deja a la página en un mar de dudas, que no se soluciona ni que le apliques el secante balanceante que compró la institución, hace años, en Penedo. Porque el secante de Penedo no tiene efectos sobre la gota, sino sobre la tinta, con lo cual la frase cariñosa escrita en el papel de gramaje alto se convierte en insoportable e imborrable e ininteligible. La gota nos acompaña a nosotros, los de la tercera edad, a los que ya no estamos en el mercado sino a las puertas del más allá. Puede decirse que se trata del preludio húmedo del tránsito. Y eso.
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