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La puta ley de Murphy

El principio empírico de la ley de Murphy se cumplió en toda su extensión el miércoles, cuando saqué mi coche del garaje para llevarlo al taller. Hacía varios días que estaba parado, a la espera de un repuesto pedido a Bélgica: la bomba del agua. Lo arranqué sin problemas, pero no tenía tracción, al menos la suficiente para subir la rampa del garaje. Como soy muy obstinado, lo intenté varias veces antes de llamar a la grúa. Apagué el motor, lo encendí al minuto y, oh, milagro, volvió la tracción. Pero el coche, que no me ha dado problemas en 25 años, se calienta por el mal funcionamiento de la bomba y del termostato, piezas que hay que sustituir por las nuevas. Y entonces se cumplió inexorablemente la ley de Murphy, que dice que “si algo puede salir mal, saldrá mal” y que las situaciones negativas ocurren en el peor momento posible. Me dirigí al concesionario, que dista unos cuatro o cinco kilómetros de mi casa. La aguja indicadora de la temperatura iba subiendo y una carretera que no se ha cortado jamás, al menos en mis 78 años, resulta que estaba interrumpida por unos indocumentados que miraban a las palmeras, porque lo que se dice cortarlas, allí nadie estaba dando palo al agua. Total, desvío, la aguja que avanzaba, cola insoportable y llegada al taller cuando picaba el rojo, es decir, haciendo triunfar la puta ley de Murphy. Maldije en arameo, en kazako y en sefardí, pero logré mi propósito, a riesgo de cargarme el coche para siempre. La propia ley de Murphy sugiere que hay que tener un plan B siempre. Yo soy especialista en no tenerlo nunca. Pero tampoco puedo pedirle más a mi coche, que jamás me ha dejado tirado en la carretera. Y eso que circulé, como dice el mago, apuntaditos los gases.

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