en la frontera

La renovación ética

La situación por la que atraviesa la humanidad, en unas latitudes más que en otras, reclama sin ambages un profundo compromiso con los valores humanos, un profundo compromiso con la dignidad del ser humano. Por ello, si no podemos siquiera esbozar las nuevas relaciones, las nuevas estructuras que el hombre debe crear, sí podemos tal vez apuntar los valores desde los que ese cambio debe ser abordado, o algunos aspectos del sentido que debemos proponer para ese cambio. La dignidad del hombre, de la persona, de cada vecino, es capital. La expresión “cada vecino” subraya la condición de realidad concreta de la persona. Ese individuo -cada varón, cada mujer, en cualquier etapa de su desarrollo- es el portador de la dignidad entera de la humanidad. En el hombre concreto, en su dignidad, en su ser personal, encontramos la condición de absoluto, o de referente de cuanto hay, acontece y se produce en el universo.

El hombre y los derechos del hombre, que se hacen reales en cada ser humano -insisto-, son la clave del marco que queremos construir. Un marco que precisa indagar y buscar una comprensión cada vez más cabal y completa del significado de la dignidad humana. En este sentido, la dignidad personal del hombre, el respeto que se le debe y las exigencias de desarrollo que conlleva constituyen la piedra angular de toda construcción civil y política y el referente seguro e ineludible de todo empeño de progreso humano y social. Otro punto de apoyo esencial para abordar esta tarea civilizadora, que es una tarea ética, también afecta, y de qué manera, a la gestión pública, lo encuentro en la apertura a la realidad.

La realidad es terca, la realidad es como es, y un auténtico explorador no debe dibujar edenes imaginarios en su cuaderno de campo, sino cartografiar del modo más fiel la orografía de los nuevos territorios. La apertura a la realidad significa también apertura a la experiencia. Apertura a la experiencia quiere decir aprender de la propia experiencia, y de la ajena. Quizás haya sido esta una de las lecciones más importantes que nos ha brindado la experiencia de la modernidad: descubrir la locura de creer en los sueños de la razón, que cuando se erige en soberana absoluta engendra monstruos devastadores. No hay ya sitio para los dogmas de la racionalidad, incluida la racionalidad crítica. La aceptación de la complejidad de lo real, y muy particularmente del hombre, y la aceptación de nuestra limitación, nos conducirá a afirmar la caducidad y relatividad de todo lo humano -salvo, precisamente, el ser mismo personal del hombre- y a sustentar, por lo tanto, junto a nuestra limitación, la necesidad permanente del esfuerzo y del progreso.

El pensamiento compatible nos permitirá descubrir que realmente lo público no es opuesto y contradictorio con lo privado, sino compatible y mutuamente complementario, o que incluso vienen recíprocamente exigidos; que el desarrollo individual, personal, no es posible si no va acompañado por una acción eficaz a favor de los demás; que la actividad económica no será auténticamente rentable -en todo caso lo será sólo aparentemente- si al tiempo, y simultáneamente, no representa una acción efectiva de mejora social; que el corto plazo carece de significado auténtico si no se interpreta en el largo plazo; etc., etc. Que la norma no se opone a la libertad, sino que. si es auténtica, justa, la potencia; que debe distinguirse la valoración moral de los comportamientos -que es una exigencia ética- del juicio moral de las personas, que es un abuso de nuestra condición racional.