Constata la historia que uno de los suplicios que acosó con la muerte a esos que inopinadamente Colón llamó “indios”, y nombre que ha persistido con los años sin que nadie corrija semejante falacia, no fueron las armas sino los virus y las bacterias que los españoles y demás llevaron hasta esos territorios, la gripe, el sarampión, la tuberculosis… No fueron, pues, solo las acciones de guerra, los ingenios de fuego o los caballos, que temieron los de allí hasta que los hicieron suyos, los que acabaron con ellos. En efecto, los artefactos sentenciaron y mucho, pero esos animales microscópicos más y mucho más. De donde las poblaciones encontradas se vieron diezmadas en más de dos tercios. Pero concurre que un grupo de antropólogos y científicos, con las técnicas modernas que nos apoyan, parecen darle la vuelta a semejantes suspiros. El análisis por ADN sobre un esqueleto colombiano de hace más de cinco mil quinientos años lo confirma: la sífilis viene de América. Los conquistados, los sometidos, los masacrados y anegados le regalaron un trastorno supremo a los occidentales. Y en el punto de sus conmociones, en el imperio moral que los acosaba. La sífilis es una enfermedad paradigmática. En tres medidas. La divulga una bacteria que se llama Trepanema Pallidum. La primera produce la sífilis endémica. Se produce por el contacto boca a boca, por los utensilios infectados o por tocar la piel del doliente. La segunda es igual de congénita: la piel del enfermo en contacto sexual o no. Y la tercera es la superlativa, eso que ha dado en proclamar su sustancia en nuestra esfera: traspaso por contacto sexual. Mortales de este mundo sumidos al vicio, al extravío. Lo que la Santa Madre Iglesia, por la previsión y la represión, avisó, eso que deplora el goce al punto de la reproducción y que aquellos aguerridos conquistadores, los portadores de la verdadera y única fe, habrían de prodigar pero que, ¡oh pecado!, anudaron sus delirios más allá de la templanza. Cazaron la bacteria y la trajeron a su lugar de origen. Tanto que, en poco tiempo, toda Europa supo no del misterio sino de lo que la perdición encierra. Tal cosa ha de contar la crónica fuera de los márgenes supuestos y requeridos por la beatitud, que el signo religioso, los justos y resplandecientes, por más los informantes fidedignos y retrógradas de la derecha y de la ultraderecha han dictado. Por ejemplo, el convenio moderno con el sida y las posiciones homosexuales. Un castigo manifiesto de Dios para los que no atienden y defienden en bonanza sus designios. De manera que, eso que se llama América (así la nombraron algunos maestros europeos) no se rindió, contestó. Y en el flanco que más duele a los devastadores, a los que barrieron de la faz de la tierra a las civilizaciones más pródigas de la historia, desde el norte, los siux, los navajos, los cherokee, los choctaw, los chippewa, a los del sur, los aztecas o los eternos mayas.
