tribuna

No es Carnaval, es Bad Bunny y Rufián

La España refunfuñada suelta la bilis por la boca cada vez que discute de política. En Navidades se aconsejó a las familias evitar el tema, porque el 14% -en un atlas de la polarización- había roto con amigos y parientes por esa causa.

En el Congreso ladran a espumarajos auténticas corales del berrido. Madrid es la capital de la España cabreada, como hay una España vaciada y otra aterrada por la vuelta del fascismo, según Rufián. Raimon dice que no es que vuelva, porque no se ha ido, “no lo hemos sabido parar”.

En la Carrera de San Jerónimo la cólera pone de los nervios, y recuerda a Tejero -este mes se cumplen 45 años- entrando vociferante por el hemiciclo: “¡Quietos, todo el mundo al suelo!”. Vivimos con ese susto en el cuerpo, que regresa en los plenos con saña y en la suma de votos conservadores que hace temer a Gabriel Rufián (ERC) por la gente de izquierda, igual que los migrantes temen a las calles de Trump. Predice asedio y “encarcelamientos” cuando gobiernen. Siendo esto lo que lo lleva a comparecer en público el miércoles junto a Emilio Delgado (Más Madrid), con expectación por una escollera de fuerzas a la izquierda del PSOE.

En cada orilla se mojan los pies. A derecha y ultraderecha la consigna es Sánchez al banquillo, carajo, como diría Milei. Grito de guerra que se inauguró contra el hoy réprobo Felipe González (“si se presenta Sánchez, voto en blanco”), al que Torres invita a dejar el PSOE por mal compañero. Feijóo preferiría que a Sánchez lo empapelaran por el accidente ferroviario de Adamuz, para así tapar las vergüenzas y delitos de Mazón en la Dana de Valencia y su propio feo ante la jueza.

Es el manual de Trump conminando a Pam Bondi a perseguir a sus enemigos políticos particulares, los que lo delataron cuando perdió las elecciones. Ya se nos ha olvidado que Trump, en el asalto al Capitolio, consentía que la turba ahorcara a su vicepresidente, Mike Pence -que fue evacuado- por negarse a abortar la certificación de Biden como presidente. Un año después, en Brasil, Jair Bolsonaro llamó a la cúpula militar, tras su derrota ante Lula, para que dieran un golpe de Estado con él, y miles de seguidores tomaron las sedes de los tres poderes. “Si repite lo que ha dicho, lo tengo que detener, presidente”, lo amenazó el general Freire Gomes, jefe del Ejército. Bolsonaro fue condenado a 28 años de prisión. Lula había vuelto al poder tras casi 600 días entre rejas con condenas que fueron revertidas. La América profunda invita a hacer lecturas de las guerras cainitas de la política.

Rufián dice que cuando era comercial solo tenía un minuto para vender su mercancía. Acaso de ahí provenga la oratoria lapidaria de este látigo parlamentario del “peligro” de las dos derechas. A todo riesgo predecible que no se evita a tiempo se le conoce como un rinoceronte gris. Zohran Mamdani, ídolo de Rufián, sería un cisne negro, por inaudito. El socialista ganó la alcaldía de Nueva York humillando Trump, como David contra Goliat.

Y a todas estas, la ola ultra que avanza en España y Europa tiene de icono a un árbol caído, con el que este fin de semana los europeos ajustan cuentas en la Conferencia de Munich, en lo más parecido a las exequias del orden internacional que hemos conocido. Por más que Ayuso le haga el rendibú en una esperpéntica gala hispánica en Mar-a-Lago, la madriguera de Trump, en EE.UU. ya es vox pópuli la demencia del presidente. Hasta en los papeles de Epstein, el pedófilo avisaba en 2017 de que su amigo Trump tenía tales indicios.

En casa del lobo de los hispanos se oyó el discurso de Ayuso, una suma de bagatelas, en el antro de la deportación y los crímenes de Minneapolis. Un speach contra México porque la presidenta Claudia Sheinbaum no es de su cuerda, en el que anunció la medalla de Madrid a EE.UU., en su 250 aniversario, como “faro de la libertad” (sic). Al hombre que cerró la web en español de la Casa Blanca.

Trump acababa de recibir la “terrible” cachetada de Bad Bunny en su Carnaval político de la Super Bowl, pletórico y punzante, en defensa de los latinos. Precisamente, Musk se había rebotado contra Sánchez por la regularización de migrantes en España. De tal calado es la exclusión racial en EE.UU., que tiene a los hispanos entre ceja y ceja.

Rufián es de la misma opinión que el senador socialista Bernie Sanders, a propósito de que el odio a la migración es por su pobreza, eso que la filósofa española Adela Cortina acuñó como aporofobia. “Maldita pobreza, maldita pobreza./Solo se me olvida cuando tú me besas”, canta el boricua Benito Martínez (Bad Bunny), que a lo largo de esta semana se ha erigido en todo el mundo en némesis del alquitranado Trump, el político quemado al que aún rinden culto en la España carpetovetónica.

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