Todo el mundo sabe que detesto el Carnaval. Se trata de una fiesta meona, en la que la gente orina y defeca en las calles y una troupe escarranchada pone perdidos de residuos los parterres de los jardines. Luego el Carnaval contiene un componente jediondo que yo no soporto y el aburrimiento que me producen las murgas, sin imaginación desde hace muchos años, logra que esta fiesta me la renflanflinfle. Pero, claro, decir esto es políticamente incorrecto porque hasta mi amigo Bermúdez, el alcalde de la ciudad, que es un reconocido carnavalero, se disfraza cada año de lagarterana, ahora que el Ayuntamiento ha decretado que a los funcionarios se les debe tratar con respeto y que al Ayuntamiento es preciso acudir decorosamente vestido, dos aspectos que me parecen un acierto y que comparto. El Carnaval es, fundamentalmente, el desbordamiento de los barrios y su bajada en tropel al centro de la ciudad. Hasta ahí, vale. El personal se harta de cervezas y consume sustancias que no van bien al coco, se registran centenares de comas etílicos y no se va gente al otro barrio porque el carnavalero tiene una resistencia de caballo. Otra gente se divierte con decencia, hace gala de buen gusto, se engalanan las sociedades y los comercios se protegen con parapetos de chapa impermeable para evitar el río de meadas que nace más arriba de Méndez Núñez y llega, caudaloso, al callejón del Corynto -el paraíso de los rabinos-, hasta que desemboca en el mismo muelle. Todos los años, lo mismo. No hay váteres para todos y el gentuallo se alivia en las calles por delante y por detrás. La ciudad apesta y mucha gente sale huyendo en los aviones de Binter. Por todo eso, y por muchas cosas cuyo relato no me cabe aquí, detesto el Carnaval. Pero me alegro de que ustedes se diviertan.
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