el chasnero

Pasito tum tum

No reniego de mí como un hombre, que lo fui, muy trabajador. Cuando superé mi timidez, a base de vino del país y roce social, fui también jaranero, parrandero, y, en fin, un hombre más turbado. Pero, respetando esta y todas las tradiciones, apenas fui carnavalero. En mi niñez, nuestras madres (la mía ayudada por Tona, grande de Granadilla), nos preparaban unos disfraces, y, con nuestra aceptación o negación, nos presentaban al concurso del género, que se celebraba en la Sala de Fiestas San Antonio (donde la peña bailaba a la simpar Panamay Ray Orchestra) o en el Casino 11 de Junio.
Cuando salíamos de la Festividad de Reyes, ya me preguntaba yo, totalmente acojonado, cuál sería la ocurrencia del año, y, de los nervios, intentaba averiguar cuál sería mi disfraz. Recuerdo que pegaban las mariposas a volar dentro de mí y se me hacía una bola en el estómago; un globo histérico, un reflujo gastoesofágico y, a resultas, un terrible nudo en la garganta.
Nunca temí que mi madre y Tona me disfrazaran de Elvis, no ya porque la moña lo impidiera (que entonces me podía germinar), sino porque en el pueblo no había discos de rockabilly para acompañar el pase y no pegaba ni con cola que desfilara con La Escoba (afamado superventas de Los Sirex). La censura fonográfica había llegado al territorio chasnero. No me hubiera importado disfrazarme de hippie, porque yo -aparte de gordito- era un mequetrefe contracultural, libertario y pacifista, pero hubiera sido un escándalo ciclópeo -en la Granadilla de los 60- desfilar por centros tan emblemáticos, tan niño, con un canuto de marihuana, fiel a la generación beat, echando humo, y, por el mismo precio, produciendo el colocón de las autoridades civiles y religiosas.
Así que tengo recuerdos de otros disfraces que -diseñados y elaborados por aquellas dos amadas costureras- me tenía que poner, y me puse, por real/decreto/ley. En cierta ocasión, eligieron para mí, una fantasía, la de berberisco, que hoy -por razones obvias- tendría un rechazo social importante, con mi chilaba, un turbante con un gorro muy mono llamado kufi (una especie de corneto), y, lo que realmente más me jodía, sin armamento (ni una puta espada de madera para bacilar con otros niños).
En otra ocasión, la que fue definitivamente penosa, fui disfrazado, sin anestesia, de D,Artagnan, pero sin los tres mosqueteros enumerados en la novela de Alejandro Dumas, y además, sin venir a cuento, acompañado por una princesa. El mosquetero esencial luchaba contra Luis XIV y el Cardenal Richelieu, y, que se sepa, nunca se hizo acompañar por su chocha.
En el concurso competían niños disfrazados de Iron Man, Mortadelo y Filemón, Astérix, Anacleto, Spiderman (que se empeñó trepar las paredes del Casino con un resultado estrepitoso) y un niño hermosito, que, con dificultades, hacía de Superman: se emperretó en volar desde la pasarela, y, claro, se dio un hostión importante. Entre ellas, la gran campeona fue la Bruja Escarlata, quien, sin éxito a Dios gracias, intentó besar al párroco.
Sin embargo, ya universitario y exento de la obligación de hacer el machango, mi gran gozadera era el baile de la Plaza España, con la Billo,s Caracas Boys, y temas bellísimos como Abusadora, Sueño Chinchorro, Pasito tum tum, y no sé por qué, la Cumbia Caletera. Con cuatro ronitos, no más, pegaba a dar vueltas como un trompo y no había quien me detuviera. Alegrito, y morocho total, yo le daba a las guarachas, a los chachachás, a los mambos, a los merecumbés y a los guaguancós. Y, cuando llegó el año del récord, en 1

TE PUEDE INTERESAR