El presidente aragonés, Jorge Azcón, tiene sobradas razones para pensar, aunque no lo diga, que se equivocó al convocar las elecciones que tendrán lugar el próximo domingo día 8. Las encuestas apuntan a una importante subida de Vox, ligera mejora del PP y bajón del PSOE con la exministra Pilar Alegría. Es decir, que salvo sorpresa mayúscula, Azcón volverá a presidir el gobierno, con la venia de Abascal, al que los dos partidos mayoritarios, incapaces de entenderse, le regalan un espacio precioso que utiliza para envenenar la convivencia de los españoles. Dentro o fuera del gobierno, Vox podrá imponer al PP lo que le venga en gana. Hasta hoy, la campaña ha servido para agitar la vida de los partidos y de los periodistas, sin lograr movilizar a los ciudadanos, que saben que no tocaba ahora hacer elecciones y que, cuando se constituya el nuevo gobierno, la cosa irá de más de lo mismo, que los beneficios del potencial logístico de Zaragoza, donde vive la mitad de los aragoneses, no llegarán a todos, aunque vengan 2.000 chinos a montar la fábrica de baterías a orillas del Ebro y otras empresas tecnológicas busquen solar junto al río más caudaloso de España, y que no habrá milagros para evitar la despoblación del medio rural. “De cien vecinos que éramos / ya solo quedamos dos: / don Florencio, que es el amo, / y un seguro servidor. / Don Florencio vive en Huesca, / aquí solo quedo yo / con una cabra mochales, / una gaita y un tambor” (J. A. Labordeta, Severino el sordo). Azcón se ha metido en un gasto extra de 10 millones de euros y en un lío innecesario, porque ni siquiera quienes votaron al PSOE en 2023 eran excesivamente críticos con su gestión: el 26,9% considera que Aragón ha mejorado con su gobierno, el 25,1% que ha empeorado y el 46% restante, que ni fu ni fa. Datos que no justifican el adelanto electoral. El pretexto fue recabar el apoyo de los ciudadanos para sacudirse la dependencia de Vox. El mismo razonamiento que utilizaron sus congéneres de Extremadura y con las mismas consecuencias, la subida de los “de a caballo”, como se refería a ellos mi amigo y compañero Jose Mari Calleja. No debe ser agradable gobernar con el aliento de Vox en el cogote, pero el resultado, si se confirma lo que dicen las encuestas, no es para que el PP eche las campanas al vuelo. La fragmentación política hace muy difícil que los conservadores puedan gobernar sin Vox, lo que resulta muy grave porque es un partido que cuestiona el ordenamiento constitucional y niega legitimidad a otros grupos. Y digo yo, si Azcón rechaza a los de Abascal hasta el extremo de adelantar elecciones para quitárselos de encima, ¿por qué no se compromete en serio a no pactar con ellos? Y también, si tanto preocupa a los socialistas la eventual llegada de Vox a las instituciones, ¿por qué, como propuso el expresidente extremeño Rodríguez Ibarra, no apoyan la abstención en la investidura del candidato del PP? Si fuesen más responsables, se pondrían de acuerdo para facilitar una solución sin Vox, incluso dejando que gobierne la lista más votada, que es un procedimiento pensado para los regímenes presidencialistas, pero que puede ser de utilidad también en determinadas circunstancias en regímenes parlamentarios como el español. Mientras no cambien de estrategia, PP y PSOE seguirán alimentando al partido de Abascal. Los primeros lo utilizan para alcanzar el gobierno y los segundos para tocar a rebato y llevar a las unas a los votantes de izquierda. En Francia, los demócratas de derecha e izquierda han cerrado el paso a tres generaciones Le Pen (al abuelo Jean-Marie, a la hija Marine y a la nieta Marion Maréchal), y en Alemania, que tiene un sistema político más parecido al nuestro, han ido más lejos y gobiernan en coalición los dos partidos mayoritarios para frenar a los amigos de Abascal. A grandes males… La “gran coalición” no es la panacea, pero tampoco se hunde el mundo si hay que dar ese paso y hacer algo diferente a la patada a seguir… engordando a Vox.
