en la frontera

Poder y corrupción

El ejercicio del poder siempre se ha entendido, en el Estado de derecho, desde una función de servicio y de contribución al bienestar de la colectividad. Entre otras razones, porque la justicia, la honestidad, la imparcialidad y otra serie de cualidades o criterios de comportamiento forman parte del núcleo del comportamiento ético o moral. Sin embargo, los rasgos que conforman de la sociedad actual no facilitan precisamente la realización cotidiana de estas características de la conducta de los seres humanos. Más bien, lo comprobamos a diario, nos encontramos ante una cultura que exalta el poder, el dinero, el placer o la notoriedad a cualquier precio como exigencias para la propia realización personal.

Lo importante es alcanzar estos objetivos como sea, a como dé lugar, sin reparar en la moralidad de los medios para conseguirlos porque, tal y como plantean las más variadas tecnoestructuras, de una manera o de otra, el fin justifica los medios. En este contexto aparecen, cada vez con más frecuencia, situaciones de abuso de poder, tráfico de influencias, prevaricaciones, malversaciones, cohechos y toda una serie de tropelías y comportamientos caracterizados por la confusión entre el interés particular y el interés general. La sociedad actual, aunque parece impotente y sin recursos éticos, debe volver a colocar al ser humano, a la persona, sobre todo a la más necesitada, frágil y vulnerable, en el centro del sistema. La sensibilidad frente a los derechos humanos y la búsqueda de la justicia, de nuevo, se convierten en los puntos de referencia del verdadero progreso social. Hoy, por cierto, postergando frente a la sed, insaciable, de enriquecimiento y afán de poder para dominar, amedrentar y someter a quienes no se arrodillen ante el pensamiento único que se proyecta desde la cúpula.

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