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Por los huevos de Mercadona

Juro por los huevos de Mercadona, que consumimos un servidor y Juana Belarra, que a mí la política me importa un ídem y que no veo los telediarios, ni los programas sectarios de las dos Españas, ni tampoco tengo sintonizados determinados canales que dañan mi salud mental. Es decir, que acabaré viendo sólo los partidos de mi Real Madrid, que ya son otra cosa desde que llegó Arbeloa, y seguiré con mi deseo eterno de que el Barcelona palme en todos los encuentros que le quedan hasta que La Caixa y otros bancos expropien al club. Bueno, esto último no se lo deseo ni a mi peor enemigo, que todo el mundo sabe quién es. En fin, que este país se desintegra y en los cenáculos políticos/periodísticos, deleznables por otra parte, se habla del precio (y no sé si del tamaño) de los huevos de las gallinas de don Juan Roig, uno de los grandes empresarios europeos. Es lo mismo que cuando la izquierdona critica a Amancio Ortega por ayudar a ser más certeros los diagnósticos de los médicos españoles, regalando aparatos sofisticados de detección de dolencias a los centros asistenciales. En este diabólico país no se debería pasar del noble oficio de cajera de supermercado al cargo de ministra, sin hacer un reciclaje en medio, digo yo. Por eso yo no hablo de política ya, me aburren la política y sus representantes, me cansan, me angustian, me sofocan, me asfixian, me repelen, me tocan las pelotas, dicho esto último en sentido metafórico, porque en sentido estricto no me dejo y menos a mi provecta edad, que las tengo allá abajo. Cada mañana me despierto con un desasosiego nuevo, como si fuera un cantante de fados nadando entre las terribles olas del Cabo San Vicente. Sería bueno que a este país, antes llamado España, le dejaran tomarse un respiro.

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