Informa el diario local de Toulouse, La Depeche du Midi, que un hombre de 24 años ingresó en el Hospital Rangueil de esa localidad francesa con una granada de la Primera Guerra Mundial metida en el culo. La consternación de los sanitarios actuantes no se puede describir con palabras, hasta el punto de que avisaron enseguida a los artificieros de la Gendarmería (algo así como la Benemérita en España) para que procedieran. Y vaya si procedieron. Tras manipular, no sin cierta prevención, la retambufa del ingresado, con mucha y encomiable dedicación, los gendarmes lograron extraer intacta la pieza de colección que el paciente guardaba en el ano, una despensa escasamente recomendable para albergar ciertos objetos, aunque vaya usted a saber. El artefacto medía unos 20 centímetros y estuvo a punto de provocar una explosión de mierda, que en francés se traduce como “explosion de merde”, o sea, casi igual que en castellano. Incrédula, por el quirófano de la extracción pasó media plantilla del Hospital Rangueil, que no daba crédito. No me pregunten por el paradero de la granada, no tengo idea, pero supongo que ya se encontrará en el museo de la Gendarmería, citando su procedencia. El paciente continúa en observación, porque el boquete provocado, primero con intención obvia y luego por el tenaz trabajo de los artificieros, fue de las proporciones de la entrada del túnel de Erjos, metro más, metro menos. Es de desear que la granada culera sea trasladada, en su día, al museo de Las Tullerías, para que sea expuesta allí junto al pene de Napoleón, que ha dado más vueltas que un trompo luego de ser adquirido en subasta por un coleccionista americano, porque los americanos son muy raros. Y, si no, fíjense en el propio Donald Trump, que tiene la Medalla del Nobel de la Paz, sin ser Nobel de la Paz. Y es que hay gente pa tó.
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