En la fachada de un edificio de piedra rectangular de la Via Veneto, en Roma, hay colocada una placa, creo recordar que de mármol, que reza así: “A Federico Fellini, que hizo de Via Veneto el teatro de la Dolce Vita. 20 de enero de 1995”. Fellini tiene su sucesor en Paolo Sorrentino, que logró un Oscar con La Gran Belleza, una película fuera de serie que retrata la Roma decadente de hoy, la de los palacios cerrados y la sociedad ociosa. Igual que Fellini hizo con los vividores romanos de más de medio siglo antes, aquellos que se metían, borrachos, en la Fontana de Trevi, como hicieron Anita Ekberg y Marcelo Mastroianni en La Dolce Vita. En La Gran Belleza aparece una vieja monja fea y milagrosa y un tipo que se pasa toda la película diciendo que quiere follar, una inteligente enana directora de la revista más influyente en la sociedad romana y un tipazo, Jepp Gambardella, que había logrado la fama universal gracias a una única novela, un gentleman, un escéptico de libro, encarnado por Toni Servilo. Los italianos son maestros en muchas cosas, sobre todo en la ironía. Es un pueblo ocurrente, desde Nápoles a Roma, por poner en el mapa de mi relato sólo dos lugares. Saben que yo sigo acentuando sólo cuando equivale a solamente, un adverbio agredido por la RAE a través de los tiempos. Roma, mi Roma del Trastévere y de San Pedro, donde me desmayé no tanto por mi fervor (que no existe) como por el calor reinante en un ferragosto brutal. Mis hijas se empeñaron una vez en que las llevara a Castel Gandolfo para ver al papa Juan Pablo II. Justamente cuando el pontífice salió a bendecirnos (a nosotros y a muchos más), a una de ellas le habían entrado ganas de hacer pis y cumplía esa ceremonia en un bar. Surrealismo de los Chaves.
NOTICIAS RELACIONADAS
