por qué no me callo

Santaolalla y Santaayuso

A este paso, un día solo habrá dos ideologías: la de la gente normal y la de la gente que consiente tener que utilizar dosis de maldad como cultura política rampante. No es mero maniqueísmo entre buenos y malos, pero se parece mucho a esa dicotomía.

Tellado, el número dos del PP, elogia a Vito Quiles, por su “arrojo y valentía”, a sabiendas del terreno que pisa y lo que hieren sus palabras. Ensalza, con plena conciencia, a quien encarna un modelo jodedor de hacer política con la alcachofa en ristre, como en su más reciente affaire con la analista política Sarah Santaolalla, tertuliana de programas que al PP le producen urticaria, como Malas lenguas o Mañaneros 360, de RTVE.

En Aragón acabamos de ver a qué conducen esas derivas. No es producto de la apuesta puntual por la medicina de Quiles, sino el primer efecto tangible de una tendencia en el partido de Feijóo por parecerse al de Abascal. Los electores le han restado dos escaños a Jorge Azcón (PP) y han duplicado los de Alejandro Nolasco (Vox), un tipo con tres carreras. La merma socialista de la exportavoz ministerial Pilar Alegría (-5), el repunte de la nacionalista de izquierda Chunta Aragonesista (CHA), el partido que siempre asocio a José Antonio Labordeta y que también dobla sus efectivos, y unos pocos escaños testimoniales de Aragón Existe y de IU-Sumar completan el experimento fallido de Feijóo de abochornar a Sánchez en sus nuevos feudos a costa de engordar a Vox.

Algunos escrutinios de 2026 están emitiendo señales incipientes, pero no irrelevantes, como pasó con Mamdani en Nueva York. Trump no da una, pierde en bastiones inexpugnables (en las últimas elecciones especiales para el Senado local), como Texas o Luisiana, y se aboca a una derrota estrepitosa en las urnas de medio término en noviembre. Portugal, donde gobierna el centroderecha, eligió este fin de semana a un presidente socialista, António José Seguro, de paliza, frente al ultra André Ventura.

¿Lo de Aragón tiene que hacérselo mirar Feijóo, obsesionado con ser Trump a ratos, ocultando sus vergüenzas? ¿Debe tomar nota de que el votante prefiere el original al plagio cuando emula a Vox? ¿Ha de admitir que, en contraste con la japonesa ultra Takaichi, que convocó elecciones a los tres meses de llegar al poder y el domingo obtuvo un triunfo inédito, sus adelantos en Extremadura y Aragón han sido sendos disparos en el pie, y lo único que ha conseguido es envalentonar a Vox de cara a las generales?

El ultraísmo político -no el poético de Borges, enemigo de adjetivos innecesarios- está llevando a estos contrasentidos. Hasta que la veloz descomposición de Trump, un asunto que está pasando inadvertido en España, arramble con toda la moda y se restablezca, como decíamos al principio, cierta normalidad en la arena política.

Entre tanto, da la impresión de que Ayuso se adapta mejor que Feijóo a la distopía, sin duda entre los más jóvenes, como vimos este domingo, ante su clac preferida, que es la que ha adoptado a Vito Quiles como el querubín del ala dura del partido. Ayuso no se distrae en disimulos, participa en eventos de MAGA (hoy mismo, por ejemplo, en una gala en Mar-a-Lago, quizá por videocoferencia) y el trumpismo la tiene en estima. A sus cachorros les adoctrinó sobre trivializar el acoso sexual de Móstoles, zaherir a Sánchez y Zapatero, repeler el Gran Reemplazo y la islamización, y, claro, tener presente a ETA. No parece que el vía crucis de su novio ni lo de las residencias de la pandemia ni los audios del hospital de Torrejón la despeinan. A este paso, se anima y da el zarpazo.

Ayuso es la más Milei del partido y la más Vox, y acaso por esos celos Feijóo mandó a su mano derecha a robarle espacio exaltando a Vito Quiles, que es más de ella que de él. El delfín de Alvise Pérez (Se acabó la fiesta) no se ha visto en otra, como el Bad Bunny del PP. Tellado exageró la táctica hiperbólica, ya no con un derechazo boxístico, sino con un ultraderechazo. Hasta ahora le copiaban del menú a Vox las raciones de odio y racismo, pero lo siguiente ha sido incorporar a los iconos. Vito Quiles, el perfecto fetiche de malo de la película, importaba un tour universitario -que trajo sin éxito a La Laguna- de las performances americanas del ideólogo ultra Ben Shapiro y el activista de MAGA Charlie Kirk.

Tellado lo comparó al Gran Wyoming de los 90 en Caiga quien caiga, para edulcorar su acoso violento en Prado del Rey a Sarah Santaolalla, la roja catódica, más la persecución por carretera hasta su casa con matones, que ha terminado en los juzgados. Que el ministro Marlaska pidiera para Quiles una orden de alejamiento debió de excitar a Tellado, sin reparar en las amenazas de muerte que recibe la comunicadora en las redes sociales y algunos actos vandálicos.

Son ese culto al estigma y la falta de empatía las nuevas marcas del terreno de juego que algún día habrá que borrar.

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