Saudade es un palabro portugués que nuestra RAE traduce principalmente como añoranza; y lo adopta. Los viejunos nos pasamos la vida arrastrando saudades, quizá porque no existe la más mínima duda de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Jorge Manrique, además de poeta, era un profeta al revés: idealizó el tiempo pasado porque no hay nada equiparable a la juventud y la vejez es una mierda. Cuando a uno le llega el tiempo de la reflexión lo que echa de menos es precisamente la irreflexión. A mí me está dando miedo todo y aquel tío echado para adelante que se comía el mundo hace tiempo que ha muerto para dar paso a otro a las puertas de que le retiren el carné de conducir y a cambio le concedan la licencia para manejar el taca-taca. Sólo me endereza el ibuprofeno y la columna se ha convertido en una pura escoliosis, que pronto dará paso a la figura de un viejo de cuento de Dickens, aunque, eso sí, mucho más sabio. Pero yo cambio sabiduría por años de menos, que esta es una apuesta segura e imposible. Saudade, en singular o en plural, ambas admitidas por quienes cuidan el idioma, se hace en ocasiones intraducible, quizá por todo el contenido que atesora de echar de menos a una tierra, a un amor o a un tiempo. Virtuosos los portugueses y los gallegos, que cantan a la saudade como nadie y que son capaces de meter en la palabra toda la poesía del pasado, la emoción de los años y la nostalgia del tiempo anterior, que casi siempre fue mejor. La saudade es una especie de evocación de la felicidad ya inalcanzable, porque la hemos perdido, y el mundo actual y su extraño comportamiento dan la razón a quienes la evocan: estamos hechos unos zorros.
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