tribuna

Sergio Molino

Sergio del Molino es un periodista de El País al que respeto. Leí su libro Un tal González, de 2022, y me pareció ecuánime y bien escrito; una forma de entender el papel de lo socialistas en la Transición. Algunos de los que hoy gritan deberían hacer un repaso y volvérselo a leer. Seguramente por esto su opinión no debe ser muy apreciada en la versión actual del progresismo: esa mezcla de voces airadas que le enseñan el puño a Vito Quiles. Hoy escribe sobre Rufián y la unión de la izquierda dispersa, un tema que viene mareando a la política española desde sus orígenes y que nunca acaba de cuajar.

El argumento habitual para justificar el fracaso es que se trata de una jaula de grillos, un conjunto de jefecillos que convierten su ambición en la conquista de un reino de Taifas, pero del Molino, en una original versión cervantina, prefiere compararlo con la pretensión de gobernar una ínsula Barataria. Es un poco insultante que los asimile con los Sancho Panza, pero, a la vista de su supuesta abundancia, asumir la personalidad del escudero de don Quijote puede ser una buena estrategia para pescar en los caladeros del populismo, donde también lo hace la extrema derecha, a quien dicen que pretenden derrotar.

En el artículo dice que “muchos entienden que la claridad es abusar de refranes y frases hechas vacías”. Este discurso gestual y prefabricado podría ser efectivo si no fuera porque ahuyenta a una intelectualidad que siempre ha presumido de ser el lujo con que se viste la izquierda más insumisa. Creo que tiene razón Sergio del Molino cuando habla de la preparación de una oposición radical en las calles después de que llegue al poder una coalición de derechas, en 2027. Quiere decir -supongo- que la efectividad de esos movimientos cercanos a la insurrección es mayor si los protagonistas y sus impulsores son los profesionales de la agitación de toda la vida. Ahora puede que entienda la frase de Pedro Sánchez cuando se refería a quién le iba a quitar el sueño. Como siempre dice las cosas al revés de como las piensa, lo correcto sería interpretar que era mucho peor gobernar con la ultraizquierda en la calle que teniéndola dentro del Gobierno.

La derecha siempre ha sabido que tiene que contar con ese lastre y es el precio que debe pagar por ejercer el poder. No hay que ir demasiado lejos para comprobar que esto es así. Solo hay que mirar a Francia y ver lo que ocurre con los guardias ultras de Mèlenchon. Una de las alternativas que se barajan para denominar esta operación es “Doble o nada”. Es una apuesta demasiado arriesgada, en la que Rufián podría pasar a ser un juguete roto, como Belén Esteban mendigando un concurso en televisión para intentar seguir en el candelero, o en el candelabro, como decía una miss. Advierto que este es el análisis de Sergio del Molino. A ver si me va a tocar a mí recibir las críticas de los que no estén de acuerdo con él.

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