Ni una cosa ni la otra. Sergio del Molino pretende hacer un retrato de la juventud dividiéndola entre los therian y los jóvenes airados que ahora se decantan por votar a la ultraderecha. Hay otra gente que, como siempre, alimenta esa gran masa que nunca es protagonista de nada. Los que son cogidos en medio de la vorágine ficticia y a los que la generalidad se refiere como normalidad. Esa normalidad en la que algunos confían para garantizar el futuro y que fabrica las cifras exitosas del presente. Un mundo repleto de therians y de ultras puede ser el anuncio de una situación apocalíptica, pero no es verdad.
Dice que es preferible “que se disfracen de perros y queden para olerse el culo a que lo hagan para emborracharse con un garrafón y vomitar en medio de los coches aparcados”. Es una imagen de la desolación moderna propia de Cormac MacCarthy. Sale en defensa de los raritos porque hace una condena de aquellos que lo hacen a ultranza con unos valores tradicionales que hoy se presentan como discutibles, y coloca al sentido común como un símbolo engañoso a la hora de dirimir entre lo que está bien y lo que está mal. En esto creo que tiene razón, pero es solo el pensamiento de una minoría que tiene el riesgo de contagiar al resto. Yo no sé si prefiero tener a un therian en casa, oliscando los friskies del comedero, que a un asiduo del botellón que me venga borracho los fines de semana envuelto en la bandera española. Ni una cosa ni la otra. Hay otro mundo y de ese comemos todos. Ni los therian ni los ultras andan preocupados en descubrir la vacuna contra el cáncer, ni en estudiar nuevas técnicas de construcción que abaraten el coste de las viviendas, ni en buscar métodos de convivencia que no tiendan a provocar la incomprensión. En ambos casos hay dos síntomas de rebelión, uno pacífico y otro beligerante, que nos conducen a establecer el absurdo como prototipo para estar al día. El artículo le ha quedado muy bien, incluso con un llamado histórico anunciando que “el viejo recato burgués de las novelas del XIX, base del antisemitismo del XX, se renueva ahora en formato digital”. Es solo una sensación personal que refleja la presencia de debates que no afectan de forma genérica al cuerpo social, como el del uso del burka, rechazado por una izquierda confusa que confunde la lógica con la oposición frontal a todo lo que proponga el enemigo. Hablar de la división entre un therian y un adicto al botellón es falso, porque es llevar el retrato de la sociedad a los extremos. Luego pienso que quizá tenga razón y que lo que hace es denunciar el hecho de que esos extremos están ahí, desdibujando a la realidad: unos que marchan detrás de banderas obsoletas y otros disfrazados de buenismo, como ovejas confundidas en el rebaño de las ovejas de verdad.
