La amnistía venezolana es el reconocimiento de que el chavismo puso en práctica un sistema de persecución política. A eso se le puede llamar dictadura a pesar de que los amigos del régimen se han negado siempre a utilizar ese término. Hay quien dice que en Venezuela se está iniciando una transición como la española de 1978. Los hechos demuestran que no es exactamente así. Delcy y su hermano están muy lejos de parecerse a Adolfo Suárez y a Juan Carlos I. Además, esa amnistía con matices, siempre a favor de los que mantienen el poder, no incluye un perdón general que abarca a todas las partes implicadas en el conflicto. Los que no creen en el proceso argumentan que Trump no está por la normalización sino por llevarse el petróleo. Albares aprovecha cualquier gesto para exigir de Europa que levante las sanciones, aunque todavía no se hayan alcanzado garantías para que la operación conduzca a una democratización real del país. Estamos en la fase de reorganización de la izquierda y las cosas se ven desde ese prisma. La transición española no se mira con buenos ojos en el ámbito progresista alimentado por las nuevas generaciones. Dicen que no fueron consultados. Por otra parte, las encuestas delatan que los que se declaran electores de la extrema derecha son fundamentalmente jóvenes, con lo cual existe un descalabro en el desacuerdo que no es capaz de justificar el mismo Iván Redondo. En esta situación se anuncia la descalificación de los documentos del 23F, del que se cumplen 45 años. No sé qué va a salir de ahí. Quizá sirva para enterrar definitivamente un mito que ahora se pone de actualidad con la serie basada en Anatomía de un instante, de Javier Cercas. Hay quien dice que esa fue la puerta para llevar a Felipe González a la Moncloa, lo que supuso la consolidación del cambio; pero Felipe González no goza ahora del mismo prestigio, al menos entre sus antiguos correligionarios. Con estos argumentos nada hay claro. La izquierda que se reorganiza para volver a ser la salvación de Sánchez no acepta la transición como modelo: ni aquí ni en Venezuela, y el propio Sánchez prefiere abanderar una posición internacional antitrump, que hace poco creíble el tránsito venezolano. Iván Redondo hace juegos malabares con la abstención convirtiéndose en un émulo de Tezanos sin que aparentemente obtenga beneficio por ello. Da la impresión de que toca desesperadamente a las puertas de alguien que no está dispuesto a abrirle. El Gobierno denuncia el acoso de la prensa y, por otra parte, propone topar al 35% la publicidad institucional. En El País publican un memorando con la relación del novio de Ayuso con Quirón. Es una larga perorata basada en supuestos de la que no se puede deducir nada. Parece destinada a agradar los oídos de alguien. Redondo habla de los 258 escaños del bipartidismo que harían posible una reforma constitucional. Juliana se pronunciaba en el mismo sentido hace unos días, con la posibilidad de 210, suma de PP y Vox. La cuestión es por qué se plantea ahora. Juliana se refería a un cambio en la legislación electoral que eliminara la posibilidad de volver a convertir a los nacionalismos en árbitros de la escena política. Esto es incompatible con el no es no. Seguimos en la misma incertidumbre: ni la amnistía es amnistía, ni la transición fue transición ni la estabilidad de la que presumimos es estabilidad. Redondo sigue haciendo números y no le salen. Su teoría es que han fracasado los caucus del PP, sin detenerse a pensar que para los demás han sido demoledores.
