Hay comidas que se quedan. No por lo que se come, que también, sino por lo que pasa alrededor de la mesa. Ésta fue una de ellas. En mi casa. Éramos los amigos de siempre y nuestros hijos, unos treinta años de diferencia entre unos y otros, reunidos como tantas veces alrededor de una mesa. Antes de empezar, dejé una tarjeta en cada sitio. No la expliqué. Decía: “Si tuvieras que guardar un recuerdo en un cajón, ¿cuál sería?”. La pregunta no buscaba respuestas rápidas. De hecho, nadie habló al principio. Elegir un solo recuerdo resultó más difícil de lo que parecía. No por falta de vivencias, sino porque la memoria no se deja reducir con facilidad. Un cajón tiene un tamaño. La memoria no. No hablé del tamaño del cajón, pero algunos preguntaron cuánto espacio tenía. Como si los recuerdos, también, pudieran quedarse sin sitio. Pronto apareció otra duda, casi sin decirla: si el recuerdo debía ser bueno. Tendemos a pensar que guardar es conservar lo agradable, lo que merece quedarse. Pero muchos de los recuerdos que más nos han construido no son felices. Son momentos difíciles, pérdidas, errores, silencios que dejaron huella. No los elegiríamos por gusto, pero explican partes esenciales de nuestra historia. Guardar un recuerdo no siempre significa querer volver a él. A veces significa aceptarlo. Reconocer que existió, que nos atravesó y que forma parte de lo que somos. El cajón deja de ser entonces un lugar bonito y se convierte en un lugar honesto: un sitio donde cabe lo importante, no solo lo fácil. La diferencia de edad alrededor de la mesa abrió otra pregunta. Para unos, los recuerdos se acumulaban. Para otros, aparecía la pregunta de cuáles resistirán el paso del tiempo. En todos, la misma sensación: la memoria no entiende de orden ni de jerarquías claras. Las elecciones, dichas o no, hablaban de presencia y de ausencia, de instantes concretos o de etapas completas, de aprendizajes y de pérdidas. Ninguna era casual. Todas decían algo del momento vital desde el que cada uno se miraba. Pensar en el tamaño del cajón es, en el fondo, pensar en cuánto estamos dispuestos a mirarnos. Hay recuerdos que caben sin esfuerzo y otros que pesan tanto que cuesta cerrarlos. Pero todos, los ligeros y los difíciles, forman parte de la manera en que nos contamos nuestra propia vida. Como escribió Gabriel García Márquez, la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.
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