La noticia es rotunda: la guerra mata. Así ocurrió. Benjamin N. Pennington, de 26 años, sargento del Primer Batallón Espacial en la Base Aérea Prince Sultan, en Arabia Saudí, murió a causa de los misiles lanzados por Irán desde su territorio. Después de que ese ciudadano de EEUU saliera de su espacio de confort en Glendale, Kentucky, y decidiera servir a su país desde el ejército sucedió. En la academia se lo señalaron: morir por la patria es el signo de la dignidad y del honor. Ello hace a los individuos ser más íntegros que el resto de los compatriotas. De manera que con el destino al más allá Benjamin Pennington se conjuró como guerrero. Pero el sublime presidente decidió, fuera de las leyes internacionales; decidió acabar con la carrera nuclear y salvar a los súbditos de Irán de la opresión de sus mandatarios, devolverlos a la democracia acreditada y etc. Cosa que no se aviene a razón, como se sabe. Trump se atreve con los países a los que puede someter. Y ahí brillan quienes lo acompañan en el gobierno, los grandes potentados petrolíferos. Así no hay acuerdos sobre el cambio climático, se han parado las nuevas energías renovables y… Es decir, buscarán. Cayó Venezuela; se supone que caerá Irán. En ambos casos, el control del petróleo para apretar a los otros países productores de la zona. Luego que se las vea venir México, que tenga cuidado Arabia Saudí si no se porta bien y que tiemble Rusia si dejan de ser amigos Putin y el tal. Lo que sustancia la guerra es que hay preguntas incuestionables que no pueden plantearse los que participan en ella. Benjamin Pennington no se las pudo hacer; solo pudo responder en función de su carga. Y ahí se encontraba, en la base en la que se presume el control de la zona y ocupando un puesto no directamente luchador: la unidad del Comando de Defensa Espacial y de Misiles del Ejército. Se reside tranquilo allí, incluso inmiscuyéndose en detalles con agrado; paseos, comida, compañía… Sin mixtura, que son sujetos especiales. Pero la existencia se expande y se responde sin temor. Así algún conocido del lugar lo alecciona, le muestra la diferencia y los pormenores propios o alguna muchacha cariñosa se acerca pues, lejos de la novia, la vida atruena. Y ahí se encontraba, vestido y armado en las instalaciones a expensas de aquello que se aviniera por superiores a su responsabilidad. Y pasó: los dones volaron, explotaron cerca de su cuerpo y lo destrozaron sin que viniera a cuento. La nación comentará las bajas, ninguna en el frente, por eficacia manifiesta. Pero ¿y las consecuencias de un conflicto ilegal? Benjamin N. Pennington no fue enterrado como un héroe. Pero murió en el frente y dejó desconsolados a sus cercanos. ¿Por qué? La pregunta no afecta al soldado muerto, afecta a la actitud infame de quien ideó esa contienda. Porque la patria no es una entidad abstracta, es clara y contundente.
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