No hay asomo de duda. Irán nos cae mal, rematadamente mal, y de un modo nítido a partir de aquel cruel asesinato de la mujer que no llevaba puesto el velo correctamente a juicio de la Policía de la Moral del régimen de los ayatolás. Mahsa Amini, de 22 años, murió el año 2022. Desde entonces, se agrandó la repulsa de la gente de bien contra la dictadura del mal en ese país de Oriente Próximo que ahora arde bajo las bombas de Israel y EE.UU.
Que la República Islámica de Irán nos sepa a cuerno quemado no maquilla esta guerra horrible de los mismos que perpetraron el genocidio de Gaza. Tanto el abismo iraní como Hamás merecen el mismo repudio. La represión contra las protestas civiles en Teherán, los miles de muertos en las calles ensangrentadas, ese horror recuerda al atentado de Hamás del 7 de octubre de 2023, que abrió la espita de la masacre israelí, la mayor en lo que va de siglo.
Ahora estamos en otra cosa. No en el asalto a Venezuela por sorpresa. No en una guerra entre buenos y malos. Israel, bajo la batuta del hombre que persigue la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra, venía presionando a EE.UU. para esta madre de todas las batallas, como decía Hussein, cuando Bush hijo atacó Irak con la añagaza de las falsas armas de destrucción masiva. Esta vez, en la carátula se menciona el programa nuclear del enemigo número uno de Israel. Pero hay otra razón subyacente.
A Netanyahu y Trump lo que más les apremia es perder las elecciones. En la guerra de Gaza, al israelí le importaba un bledo exterminar a miles de niños bajo las bombas o el hambre, con tal de pertrecharse ante la justicia por sus casos de corrupción. Este sábado (a las 6 de la mañana, hora canaria), Trump y su conmilitón compartían la misma urgencia para apretar el gatillo. Los dos van proa al marisco en los sondeos y la guerra es el antídoto electoral.
Netanyahu se juega en las urnas, en octubre, el paro político y, acaso, la cárcel. Trump, en noviembre (son dos destinos cogidos de la mano), en las elecciones de medio mandato, se juega el impeachment y el mismo peligro de acabar entre rejas. Los coautores de este bombardeo de la calle Pasteur, el domicilio del líder iraní, Alí Jamenei, compiten por lo mismo. A la industria armamentística le viene de maravillas, porque libera el stock de armamento, no le basta con Ucrania, a falta de la guerra insaciable de Gaza. A Israel le quita el sueño erradicar el régimen teocrático y reponer a un Reza Pahlavi. Esta figura desempolva los tiempos de la infancia en que todos crecimos con la pareja proisraelí del sha de Persia y Farah Diba, depuestos por Jomeini hace medio siglo.
Están matando otra vez a niños, como parte de un manual de estilo. De los primeros misiles que tiraron ayer sobre Teherán, unos iban dirigidos contra el líder supremo, el presidente y dirigentes sensibles (Israel daba por muertos a Jamenei, al ministro de Defensa y al comandante de la Guardia Revolucionaria), y otros contra objetivos de rigor, como una escuela de primaria, que acabó con la vida de decenas de niñas. Eso, para empezar.
Consigan o no su propósito estos dos sinvergüenzas que comercian con vidas humanas por intereses espurios, lo cierto es que lo que para ellos es una fiesta lo vamos a pagar entre todos. Con el estrecho de Ormuz clausurado -la mayor ruta de petróleo del mundo-, las consecuencias económicas serán devastadoras. España se opuso radicalmente a los ataques de dos lunáticos que pasarán a la historia por sus crímenes de guerra. Europa está teniendo un perfil bajo, le cuesta desligarse del socio que no la quiere. Feijóo, el hombre sin criterio, pareció querer apoyar el bombardeo con acopio de críticas contra Irán, pero no contra Trump, como si no cupiera ser equidistante en el flagelo, ante dos barbaries enfrentadas.
Al parecer, la refriega durará unos días. Si se implican China y Rusia, será harina de otro costal. Dios no lo quiera. Si empieza a haber bajas americanas, el yanqui, que tiene fama de cobarde, es posible que deje solo al israelí lanzando bombas. Si cae el régimen de los ayatolás, se irá pitando a vender el éxito en las encuestas de su país. Si la trifulca se prolonga, agravará su desaprobación y se irá también con el rabo entre las piernas. Y el Congreso le está esperando. No le pidió permiso.
Su ídolo tutelar, Reagan, en los años 80, evitaba las confrontaciones, estilaba diplomacia y se sentó con Gorbachov a rebajar el arsenal nuclear. Trump acumula fama de corrupto, déspota e inhumano y, últimamente, asume delitos de sangre en acciones de pura inventiva. Como adicto a la mentira, prometió a su electorado ultra no meter al país en guerras, y ha hecho lo contrario. Malo para él -dicho con su corto lenguaje- que se hable, no solo de las deportaciones, sino también de los cadáveres de Trump, algunos de ellos, sus propios conciudadanos. No, lo de Irán no es lo mismo que una emboscada en Venezuela. Es la guerra de dos sicofantes.
