Al principio de la novela, el protagonista y narrador pregunta: “¿Te parece poco que me llame Matías Pascal?”. Historia sobre la identidad, te dices. Y no es cierto del todo. El gran Pirandello inventó en el año 1904 una de las novelas más prodigiosas de Europa y del mundo: “El difunto Matías Pascal”, eso que completará a principios de los años veinte del siglo pasado con la maravilla de “Seis personajes en busca de autor”. ¿Qué escribe sobre sí Matías Pascual? Aparte de las obviedades, cuenta que al encontrarse zaherido en su casa a causa de su furibunda suegra y de su afligida mujer ha de desaparecer por un tiempo del hogar. Montecarlo. Casinos, juego, la suerte le sonríe y gana 80.000 liras. Regreso a casa. En el tren se topa con un periódico local. Lo abre y lee. Una noticia lo sorprende: un muerto aparece en una finca (la suya propia) ahogado.
Todos los indicios apuntan a suicidio. ¿Quién es el difunto? Los cercanos y conocidos lo confirman: Matías Pascal. El periódico se extiende al día siguiente con una necrológica en la que se alaba al hombre que fue. Con pormenores sobre las causas: la muerte de su madre, la muerte de su hija y el final de la fortuna de su padre. Nada real, aduce: si suicidio, por otras razones; pero ocurrió. Ese instante no solo conmueve al individuo sino que lo hace recapacitar: un muerto conocido y enterrado y un vivo desconocido. O lo que es lo mismo, para vivir en adelante ha de fabricarse a un otro, ha de asumir el invento y la mentira como pródigos. Lo hace como lo acreditan los novelistas: por modelos. Tuvo padre, tuvo madre, tuvo abuelo que lo cuidó y lo aleccionó, nació allí, procede lejanamente de América, viajó por aquí y por allá… Lo logró: Adriano Meis.
Un ser taciturno, escurridizo, pagado de sí… Pero el tiempo siempre remata. Matías Pascal se vio atrapado por la instancia misma de los mortales: somos por la memoria. Es imposible identificarse con su engaño. De manera que lo asaltan tres sujetos distintos: el que fue y está enterrado, el dicho invento y el que ha de enfrentarse a lo que en verdad es. Ha de regresar.
Lo hace, después de otro acto categórico: en defensa de la sensitiva y adorable Adriana y después de un encontronazo con un pintor español, decide matar a su doble. Puente sobre el río en Roma y suicidio. Ahora sí verdaderamente libre. Su hermano se solaza. Y le informa: su mujer se ha casado de nuevo y es madre de otra hija; él está obligado a recuperarla. No, para consuelo de su amigo Pomino. Se venga, de ella por rechazarla y de su suegra a la que reduce de manera bárbara e incondicional. Así que camino de su lápida. En el cementerio alguien le pregunta. Él responde: “Yo soy el difunto Matías Pascal”. Extraordinario.
