Es posible, permítanme el sarcasmo, que con el ruido de la guerra Trump no se haya percatado de que hoy, 5 de marzo, es el “Día Internacional de Concienciación para el Desarme y la No Proliferación”. Con la misma frivolidad con la que miente y pone y quita aranceles, el presidente de EEUU, atropellando el derecho internacional, ha metido a su país y al mundo en una guerra que ahora no acierta a explicar y cuyo alcance y consecuencias son difíciles de prever. El secretario de Estado tiene su propia versión y otra diferente el responsable del departamento de Guerra (antes de Defensa) que no coinciden con la de Trump. Y, mientras, la contienda hace su trabajo, mata, destruye y se extiende. El que si sabe de qué va esto y no da puntadas sin hilo es Netanyahu, que parece que tenía esta guerra preparada y guardada en la despensa hasta que ha encontrado en la Casa Blanca un presidente atolondrado que le acompaña en la aventura de construir el “gran Israel” con el que sueñan los halcones de Tel Aviv, a costa, claro, del territorio de sus vecinos. Ya han metido tanques en el Líbano.
Pedro Sánchez, que ha condenado con dureza el régimen de los ayatolas, ha sido hasta ahora el dirigente europeo que con más claridad ha reprobado la acción militar contra Irán por vulnerar la legalidad internacional. No muy diferente de lo que ha venido a señalar también Macron, que, aunque obligado a defender a países atacados ahora por Irán, dice que no puede apoyar una acción (el ataque de EEUU e Israel) que se produce fuera del marco del derecho internacional. El renovado “no a la guerra” de Sánchez, que es lo que piensa la mayoría de los españoles, le ha valido, como era de esperar, la cencerrada que a piñón fijo le han dedicado Feijoo y Abascal. Para criticar al gobierno y reclamar que Sánchez se vaya no es necesario ponerse al lado de Trump y de una acción ilegal.
El pretexto oficioso de la guerra es impedir que Irán desarrolle el arma nuclear, pero los expertos del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) consideran que Irán ha alcanzado el 60% de enriquecimiento de uranio (para su utilización militar se requiere 90%) y solo han podido acreditar su preparación para uso civil. Vaya, que Irán no tiene armas nucleares y no hay constancia de su intención de fabricarlas. Todo suena muy parecido a aquella patraña del presidente George W. Bush que justificó la invasión de Irak en 2003 en que supuestamente almacenaba armas de destrucción masiva. La guerra se prolongó siete años con un repertorio de tropelías y daños sin cuento y fue causa de la expansión por el mundo del yihadismo radical y violento.
EEUU e Israel han dado el paso de atacar a Irán precisamente porque sabían que no tenía armas nucleares e Irán lamentará siempre no haberlas tenido, porque hubiese sido su mejor escudo. No hay mayor garantía de seguridad que contar con capacidad de disuasión nuclear. La Corea del Norte inexpugnable es buen ejemplo de ello. Basta repasar la lista de países con capacidad nuclear para colegir su nivel de seguridad: Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Reino Unido, India, Pakistán, Corea del Norte y, aunque no lo confirma, también Israel.
La disuasión nuclear vuelve a ser, como en la “guerra fría”, la clave de bóveda de la seguridad. Sin tener armas nucleares, España se ha beneficiado de la disuasión nuclear que aportan a la seguridad colectiva de los países miembros los arsenales de EEUU, Francia y el Reino Unido. Pero la situación ha cambiado mucho en muy poco tiempo y las dudas sobre la fiabilidad de una OTAN evanescente por la actitud de Trump, abocarán a nuestro país a redefinir su doctrina y política de seguridad, incluida la posición sobre el arma nuclear, la madre de todas las armas, en el marco de un ejército europeo de nueva planta.
Es difícil hacer balance de estos primeros días porque la verdad es la primera víctima de las guerras. Sabemos que empezó siendo el ataque al alimón de dos países contra un tercero y ya son al menos doce las naciones en Oriente Próximo escenario de las acciones militares. Miles de muertos y heridos, cuantiosos daños materiales, incremento de los precios de la energía y miedo a la escalada del conflicto hasta donde nadie quiere ni siquiera imaginar.
